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Cuento4

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Submitted By jlancheros
Words 2223
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Esta vez no he de fallar, le daré muerte, te lo aseguro....
Desde la ventana que daba al jardín un anciano gritaba con voz desesperada a una joven que le aguardaba sentada moviendo su cabeza en señal de desacuerdo. Vestía una vieja falda negra, sucia y rota producto sin duda de sus arduas labores de muchos largos años que hacía juego perfecto con su desaliñado suéter escarlata.
-¡Que va! Cobarde, no le matarías aún si fueras joven y vigoroso.
El viejo movió su arrugada boca tratando de encontrar una réplica pero era incapaz de articular un sonido. Sus ojos habían perdido tiempo atrás el brillo característico de la juventud y solo quedaba en su lugar una ligera sombra que presagiaba el final. Su hirsuta barba sin embargo era lo único en su rostro que aún parecía vivo: era tan negra como cuanda ni lo reconocía. "soy Miguel, soy Miguel", siempre era igual, al día siguiente tenía que repetírselo como si nunca hubiesen cruzado palabra.
Finalmente respondió a la muchacha:
-ya te lo he dicho, no he encontrado el momento propicio.
Mentía. Lo había encontrado, y muchas veces: En las tardes cuando la enfermera la dejaba a solas en el jardín para que tomara el sol mientras le preparaba la tina con agua tibia. Entonces si que e payaso, por eso ella te utilizó.
La muchacha se levanto disgustada en dirección al viejo roble de la casa, ese que tantas veces trepó cuando era pequeña. Esos eran otros tiempos, pensó, todo era más tranquilo entonces y era fácil juguetear por toda la casa sin ser interrumpida. Una vez había llegado a invitar hasta a una docena de sus amigos a jugar al jardín y habían permanecido allí toda la tarde. Habían excavado pequeños agujeros por todas partes y depositaron en ellos sus muñecos para evitar que los demás los encontraran. Esteban, su mejor amigo había sido el ganador de la contienda, capturando más de 40 figuras. Llegó incluso a encontrar al muñeco de Superman, que ella había escondido detrás de las rosas. Nunca en su vida se divirtió tanto como entonces.
Ahora no había nada, ni rosas, ni agujeros, ni muñecos, sólo el roble. Su padre no lo había talado porque ya no le importaba, había perdido el interés por cualquier cosa diferente a esa mujer. Ella no lo merecía, solo lo había usado como a un trapero. Al recordar todos esos años de martirio su piel se erizaba y su cabeza se llenaba de ira. Volvió la mirada a su viejo que a su vez miraba al piso, avergonzado de todos sus ridículos pretextos. Lo llamo de nuevo.
-Padre, espero que cumplas porque ya estoy harta.
-No te preocupes te juro que...
-no jures nada, solo cumple. Adiós
-Adiós María. Confía en mí.
La joven caminó de prisa fuera del jardín, cruzó la imponente sala y se despidió de la empleada antes de abrir el viejo portón y salir de la casa. El silencio invadió la lóbrega mansión y Miguel se encerró de nuevo en sus elucubraciones. Su mujer había salido con la enfermera a su terapia diaria, por lo que a excepción de la empleada no había nadie.

El anciano se puso de pie y se dirigió al segundo piso para ver mejor el atardecer. A estas alturas de su vida era lo único que lo animaba, contemplar los arreboles a lo lejos llenos de rojos, naranjas y violetas. Algunas veces incluso alcanzaba a divisar figuras en ellos y si se esforzaba suficiente podía distinguir el rostro de su madre o el de su primera esposa, Margot. Era una lástima que la hubiera perdido tan joven, habría hecho de su hija algo mejor. No era una mala e hizo más claro que la situación no cambiaría: él sentiría toda la vida la vergüenza de tener una hija fracasada, esa era su venganza. Para cuando lo descubrió ya Helena mostraba los primeros síntomas de su enfermedad y María había dejado la casa para irse con un hippie de la 19. Golpe bajo.

Ahora llegaba la noche y la brisa se hacía más fuerte. El frío de la Calera a esas horas era para helar los huesos, peor aún en esos días de octubre. Ni siquiera un boyacense de pura cepa, como él, nacido en Soracá, podía permanecer indiferente a ese clima. Entró a su cuarto por algún abrigo. ¿La ruana de Nobsa tal vez? Si, buena idea. La tenía hace más de 30 años y había sido el último obsequio de su tía Eulalia en vida. Después vino la herencia, pero ese era otro cuento. Mientras salía de regreso al balcón observó sus diplomas. “la Universidad del Rosario otorga a: Miguel Antonio Buendía Rodríguez el título de abogado”. 1962, ¡¡Cómo pasa el tiempo!! Claro, la ruana había sido el regalo de grado. La vida es un suspiro.

El anciano se asomó por el balcón y llamó a la empleada.
”¡Raquel! ¡Raquel!”. A la distancia se escuchó una voz aguda y ronca:
-“señor”.
-“¿Me spor el parque.
-Eso está bien, que ejercite las piernas, no puede pasarse todo el rato en esa silla de ruedas.
-Como no. Me disculpa, le pido un permisito don Miguel.
-Está en su casa.

Helena seguía distraída recorriendo los cuadros de la habitación, como si los viera por primera vez. Se detuvo un momento frente a la reproducción de la noche estrellada. Van Gogh siempre había sido su favorito. De repente Miguel lo comprendió: una ventana abierta. No sería culpa de nadie. Se había levantado a tomar aire en medio de la noche y olvido cerrarla. Una desgracia. Por supuesto, el frío de la temporada y la llovizna (necesitaba una llovizna), ¡Que desafortunado incidente! . Bastante ingenioso. Además así no tenía que verla morir, solo esperar la mañana. La anciana fijó sus ojos en él.

-Que bonito cuadro, ¿no le parece señor?
-Así es mi señora, una obra maestra.
-Aunque prefiero el café Terrace. Ese si es un mágnum opus.
-aja, ese es mucho mejor.

Ni estando enferma deja de ser prepotente. Vieja mañosa. Si bien era cierto que cuando apenas la conoció, era justamente esa prepotencia la que la había hecho irresistible ante sus ojos, ahora, luego de tantos años y tantas amarguras, no era más que otro de sus insoportables defectos.

-Su agüita señor.
-Gracias Raquel, muy amable.
-¿Le dejo el azúcar?
-No se preocupe, así está bien.

¿De verdad necesitaba de más razones? ¿No le bastaba recordar como había despilfarrado su fortuna en caprichos estúpidos (como esas horribles cortinas de terciopelo verde)? ¿O la forma en que había maltratado a su única hija, solo porque ella no podía concebir? Y además no se acordaba de él, “el amor de su vida”. Era suficiente.

Volvió a la ventana. Dios también lo comprendía, conspiraba a su favor. La niebla, salida de la nada, aparecía ahora en la montaña, y el frío en sus pies, la señal inequívoca de una tormenta, se hacía más intenso a cada instante. Esta ERA la noche. Su corazón se aceleró por un momento, luego apretó los labios, tomó aire y terminó su taza de aromática. Se levantó despacio y se despidió: buenas noches Raquel, buenas noches Helena. Sólo escuchó la voz aguda de antes que parecía decir algo como: “ta mañana don…”.

Pasó las siguientes horas metido en su cama, en completa oscuridad, repasando paso a paso el procedimiento. Esperar a que sea la una y le administren la última dosis del día. Cuando sólo haya silencio levantarme suavecito. ¿Las pantuflas? . Si, ya están al lado de la cama. Abrir la puerta colocando el pulgar sobre el seguro para que no haga ruido. Caminar casi sin levantar los pies hasta su cuarto. ¿Tendrá puesto el seguro? No, como nunca se sabe cuándo pueda ocurrir una emergencia siempre Raquel cierra sin bloquear. Voy hacia la ventana y abro despacio. Menos mal es una de esas nuevas, que sólo hay que correrla…con las antiguas nunca se sabe, a veces el viento las cierra. Me devuelvo despacito y espero a que amanezca. ¿Listo? ¿Eso es todo? . Sí, creo que sí. A ver, otra vez…

Mientras ocupaba su mente en esas cosas empezó a llover, no fuerte, apenas se escuchaba como un susurro sobre las tejas plásticas. Corrió la cortina de su ventana para ver hacia su jardín, siempre iluminado por un pequeño farol y alcanzó a ver el brillo del césped mojado. Lo sabía, pensó. Para cuando escuchó los pasos de Raquel entrando al cuarto de Helena ya las gotas repiqueteaban con fuerza en su ventana y se oía el ruido de los arboles agitados por el viento. Miguel aguardó hasta que los pasos se alejaran y respiró profundo. Cinco minutos más.

Se quitó las cobijas de encima y se puso sus pantuflas. Sintió mucho frío. Ni siquiera don Jacinto, su señor padre –Dios lo tenga en su gloria –, que se dedicaba a cuidar el ganado por las noches, habría tolerado mucho tiempo ese clima. Decidió entonces ponerse la consabida ruana encima mientras se dirigía hacia la salida. Giró lentamente la perilla y abrió la puerta, asegurándose en todo momento de no hacer ruido. Caminó entonces a paso lento, casi arrastrando los pies hacia el cuarto de su esposa. Hacía casi 5 años que se había visto obligado a mudarse a otra habitación, cuando ella empezó a despertarse por la noche y a gritar aterrada al verlo, porque, según ella, un viejo se le había metido en la cama. Después de casi un mes de que se repitiera la misma rutina, Miguel decidió pasarse al cuarto de visitas, para tranquilidad de ambas partes.

La puerta de Helena se abrió sin poner resistencia. El anciano contuvo la respiración y entró en la habitación. Ya no tenía excusa. Sólo restaba un último esfuerzo, un último acopio de valor. Se acercó en silencio a la ventana, puso sus manos sobre el frío cristal y lo empujó, éste se deslizó suavemente, sin hacer el menor ruido. Demasiada buena suerte para ser casualidad, pensó Miguel. Hasta la divina providencia me ayuda.

Por un momento se quedó quieto viendo la lluvia caer a través de la ventana. Sus manos temblaban y sentía su corazón golpear con fuerza en sus oídos. El sudor le escurría por la frente. Giró su cabeza para ver a la vieja por última vez: dormía plácidamente. Cerró sus ojos con fuerza, se volvió hacia la puerta y regresó a su cuarto con tanto sigilo como antes.

Guardo su ruana en el armario, se descalzó y se acostó de nuevo entre las cobijas. Ahora a esperar que llegara la mañana. Sólo unas 3 horas más. Apenas para una siestita. Miguel bostezó. Sí, eso es justo lo que necesito. Pero así de espaldas no duermo bien. De lado mejor. Las tablas rechinaron. Eso, ahora sí. Nada es más cómodo que dormir sólo. Bueno, de pronto por el frío, es mejor la compañía, pero no más. Porque con esa mujer… no, definitivamente mejor así.

Pasó el tiempo intentando dormir, pero cada vez que el sueño estaba por llegar su conciencia aparecía para reprenderlo. Aunque nadie se dé cuenta yo sé que está mal. Claro que está mal, pero es que igual esta situación ya no es buena, ni para ella, ni para mí, ni para nadie. Ya no tengo plata para pagar más enfermeras. Y además tengo derecho a vivir en paz mis últimos días, ya no más infiernos. Pero ¿y el infierno de cargar con la culpa de un crimen? Eso no es paz, ni felicidad. Bueno, pero es que finalmente no estoy matando a nadie, si se muere es voluntad de Dios…
Así, a cada justificación aparecía una nueva pregunta en un ciclo que parecía nunca acabar, hasta que a mitad de uno de sus debates interiores cayó inconsciente. Soñó con Helena, pero no la de ahora, la que él había conocido hace tanto tiempo. Estaban en una galería y ella vest
-La pareja de este cuadro. “La noche estrellada sobre el Ródano”.
-¡Pero si son unos ancianos!
-¿Y no es lo que somos ahora?
Entonces su rostro empezó a poblarse de arrugas, sus parpados empezaron a cubrir sus ojos marrones y su cabello rubio se tornó blanco. Cambió su vestido rojo por un abrigo oscuro y un gorro apareció sobre su cabeza. El pasillo a su alrededor se derrumbó y dejó al descubierto una magnífica noche llena de estrellas. Miró alrededor y descubrió una playa y un río y un par de barcos que navegaban por él. Al fondo podía ver las luces de una ciudad reflejándose en el agua. Estaban en Arles sin duda, y el rio a su lado era el Ródano. Helena lo tomó del brazo. ¿Ves? Te lo dije, somos nosotros. Ven, caminemos mientras aún hay tiempo.

Miguel despertó mientras las lágrimas corrían por sus ojos. Aún la amaba. No importaba que no lo recordara. Si en algún punto de su vida había conocido la felicidad, había sido con Helena. Ya era suficiente de mentiras y rencores. Quería pasar el resto de su vida cuidándola. Era lo mínimo que podía hacer por la mujer que le había dado tanta alegría. Se levantó descalzo abrió la puerta de un golpe y corrió a la otra habitación. Cerró la ventana a prisa y se arrodilló junto a Helena. Te amo tanto, susurró mientras besaba su fren

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