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Teoría de La Literatura

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© Jesús G. Maestro · Introducción a la teoría de la literatura – ISBN 84-605-6717-6

3 La Teoría de la Literatura en el siglo XX

3.1. La poética formal: el Formalismo ruso1 Históricamente, los estudios e investigaciones llevados a cabo por los formalistas rusos conocen dos etapas representativas. La primera de ellas se prolonga durante unos diez años, desde su fundación hasta mediados de la década de los veinte (19141925), período durante el cual los formalistas desarrollan un intenso trabajo a través de gran número de publicaciones, desde las que progresivamente van ampliando su campo de investigación y los límites de su objeto de conocimiento, la obra literaria, que resulta considerada desde puntos de vista cada vez más variados. De la caracterización de determinados problemas sobre la métrica y el lenguaje literario evolucionan rápidamente hacia el estudio de determinados aspectos formales de la novela y el cuento, a los que no tardarán en incorporarse análisis procedentes de temas, motivos, propiedades estilísticas, manifestaciones folclóricas, problemas de composición y disposición de elementos formales... El formalismo ruso reacciona inicialmente contra las dos tendencias más representativas de la crítica literaria de su tiempo: el positivismo histórico y la crítica impresionista. En consecuencia, los formalistas tratan de constituir la literatura en el objeto de conocimiento específico de una determinada disciplina científica, una poética formal, que, desde principios metodológicos propios, dé cuenta de las cualidades estéticas esenciales de la obra literaria. Desde este punto de vista, consideran que la literariedad (literaturnost’) constituye el objeto principal de estudio de la ciencia literaria, al ser lo que confiere de forma específica a una obra su calidad literaria, lo que constituye el conjunto de los rasgos distintivos del objeto literario. Con objeto de establecer las características específicas y distintivas del discurso literario, los formalistas renunciaron inicialmente al análisis de todos los elementos ajenos a la inmanencia literaria, de naturaleza referencial o externa, especialmente los referidos al autor, a su actitud psicológica o a su experiencia humana, del mismo modo
I. Ambrogio (1968, trad. 1973), P. Aullón de Haro (1984, 1994b), T. Bennett (1979), L. Dolezel (1990), J. Domínguez Caparrós (1978, reed. 1982), V. Erlich (1955, trad. 1974), E. Ferrario (1977), D.F. Fokkema y E. Ibsch (1977, trad. 1981), A. García Berrio (1973), A. García Berrio y T. Hernández (1988a), M.A. Garrido Gallardo (1987), S. Gordon (1988), R. Jakobson (1960, trad. 1981; 1981), F. Jameson (1972, trad. 1980), A. Jefferson y D. Robey (1982, reed. 1986), M. Bajtín [y P.M. Medvedev] (1928, trad. 1978 y 1994), K. Pomorska (1968), J.M. Pozuelo (1988, 1988a, 1992a, 1994), E. Prado Coelho (1987), M. Rodríguez Pequeño (1991, 1995), R. Selden (1985, trad. 1987), V. Sklovski (1923, trad. 1971; 1929, trad. 1971 y 1973; 1973, 1975), P. Steiner (1980-1981, 1984), J.Y. Tadié (1987, reed. 1993), E.M. Thompson (1971) I. Tinianov (1924, trad. 1972; 1929, trad. 1968; 1973, trad. 1991), T. Todorov (1965, trad. 1970; 1971, trad. 1988; 1981, 1984, 1987), B. Tomachevski (1928, trad. 1982), E. Volek (1985, 1992).
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que también trataron de sustraerse a los presupuestos de cualquier estética especulativa. Uno de sus apoyos metodológicos fundamentales consistió en definir la esencia de lo literario a partir de la comparación entre lenguaje poético y lenguaje estándar. Consideraron de este modo que las leyes que permiten explicar la oposición entre lenguaje literario y lenguaje cotidiano disponen también los mecanismos de automatización y perceptibilidad de los fenómenos literarios, de tal manera que toda actividad humana tiende inevitablemente hacia la rutina y el automatismo, del mismo modo que el lenguaje tiende a la lexicalización de sus formas y contenidos, lo que constituye una progresiva erosión de la perceptibilidad de las estructuras de pensamiento. Sobre las diferencias entre lenguaje poético y lenguaje estándar, V. Shklovski, en su artículo de 1917 sobre “El arte como artificio”, insiste constantemente en el concepto de automatización, al advertir que “si examinamos las leyes generales de la percepción, vemos que una vez que las acciones llegan a ser habituales se transforman en automáticas”. En el mismo sentido se manifiesta B. Eichenbaum, si bien desde presupuestos semánticos, al afirmar que el lenguaje poético modifica la dimensión semántica de la palabra, pues deja de ser comprendida en sus sentidos referenciales para adquirir un valor semántico válidamente operativo en los límites del discurso literario, determinado por su ambigüedad y polivalencia significativa. Igualmente, I. Tinianov considera que los nexos formales del lenguaje poético son mucho más rigurosos y solidarios que los del lenguaje estándar ya que, según su análisis de las interrelaciones entre los elementos semánticos y rítmicos del poema, el examen de la lengua literaria revela una disposición formal cuyas exigencias no satisface en absoluto el lenguaje cotidiano. Sobre la correlación fondo-forma, los formalistas rechazaron decididamente la tradicional oposición entre la forma y el fondo de la obra literaria. La concepción dinámica del texto literario, elaborada tempranamente por los formalistas, les lleva a considerar la obra literaria como un discurso orgánico y abierto, y no como una unidad formalmente cerrada y semánticamente unívoca. En consecuencia, admiten que los elementos referenciales de la obra literaria (ideología, valores, cognoscitivos, emociones, etc...) adquieren un sentido que se encuentra determinado por la forma en que se manifiestan en la obra de arte verbal: la forma no es una mera cobertura material de un contenido, sino que se identifica en unidad con el conjunto de los valores estéticos contenidos en la obra. No existen en el discurso literario valores independientes de la forma y la función que tales valores adquieren en el texto, y en virtud de los cuales deben ser interpretados. No existe, pues, oposición entre el fondo y la forma de la obra literaria, sino entre textos literarios y textos que carecen de propiedades estéticas. Frente a los idearios de Potebnia y los simbolistas, el formalismo ruso estableció amplias diferencias entre el lenguaje del verso y el lenguaje de la prosa. Si respecto a sus estudios sobre la prosa ellos mismos declararon sentirse libres de la tradición, no sucedía lo mismo en sus intentos de desarrollar una teoría sobre el verso, ya que la mayor parte de los problemas planteados no contaban con un corpus científico precedente que contribuyera a su clarificación.

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En sus estudios Sobre el verso checo, de 1923, R. Jakobson plantea nuevos problemas sobre la teoría general del ritmo y del lenguaje poéticos. Jakobson define entonces el verso como una figura fónica recurrente, y establece una contraposición entre las formas lingüísticas que apenas oponen resistencia al material (correspondencia absoluta entre el verso y el espíritu de la lengua), y la teoría de la influencia que sobre la lengua ofrecen las formas del lenguaje poético (verso, métrica, figuras retóricas...) Los formalistas estudiaron detenidamente diferentes aspectos relacionados con la obra narrativa, tales como la diferenciación entre novela, cuento y novela corta (V. Shklovski); diferentes formas de construcción de la novela; la importancia del tiempo como unidad sintáctica del relato; la diferencia entre fábula (historia o trama) y sujeto (discurso o argumento); nociones como motivación y skaz, etc... V. Shklovski, en su artículo sobre “La conexión de los procedimientos de la composición del siuzhet con los procedimientos generales del estilo” (1929), demuestra la existencia de procedimientos propios en la elaboración del discurso o argumento, es decir, en la “composición del sujeto” (siuzhetoslozhenie) de la obra literaria, y advierte su conexión con diferentes procedimientos estilísticos, apoyándose para ello en el análisis de obras como el Quijote y Tristram Shandy, de Sterne. En su trabajo de 1929, V. Shklovski formula la diferencia entre sujeto y fábula. 3.2. La poética formal: el New Criticism2 New Criticism es la denominación que recibe un grupo de estudiosos norteamericanos que, durante el segundo cuarto del presente siglo, desarrollaron, en las universidades de los Estados Unidos, un movimiento de investigación literaria de gran importancia en la configuración actual de la moderna teoría de la literatura. Esta denominación procede del título de una obra del poeta y crítico norteamericano J. Crowe —The New Criticism (1941)—, que constituye un estudio crítico sobre la obra de T.S. Eliot, I.A. Richards e Y. Winters. Los diferentes estudiosos que pueden agruparse bajo esta denominación no constituyen un grupo homogéneo de investigadores, cuyas ideas hayan sido unánimemente compartidas y uniformemente desarrolladas, sino que se trata de personas que, si bien defienden métodos de trabajo relativamente afines, manifiestan una amplia diversidad doctrinal, cuyos programas no han recibido siempre la adhesión de todos sus miembros, pese a hallarse identificados bajo una misma denominación. En todo caso
Cfr. T.J. Bagwell (1986), A. Berman (1988), C. Bloom (1986), C. Brooks (1947, reed. 1968, trad. 1973), P. Brooks (1951), C. Brooks y R.P. Warren (1938), K. Burke (1941, reed. 1973), F. Chico Rico (1993), K. Cohen (1972, trad. 1992), R.S. Crane (1952), J. Domínguez Caparrós (1978, reed. 1982), T. Eagleton (1983, trad. 1988), T.S. Eliot (1933, trad. 1988; 1957; 1965, trad. 1967; 1972), W. Empson (1930; 1935, reed. 1959; 1951), F. Günthnert (1970), G.H. Hartmann (1970), F. Jameson (1972, trad. 1980), B. Lee (en R. Fowler [1966: 29-52]), V.B. Leitch (1988), F. Lentricchia (1980, trad. 1990), P. de Man (1986, trad. 1990), Ch.C. Norris (1978), J.M. Pozuelo (1994), A. Preminger, F.L. Warnke y O.B. Hardison (1965, reed. 1979), C.E. Pulos (1958), J.C. Ransom (1941), I.A. Richards (1929, trad. 1967, reed. 1991; 1936, reed. 1965), G. Webster (1979), R. Wellek (1965-1986, trad. 1969-1988: V y VI; 1978), W.K. Winsatt (1974), Y. Winters (1957).
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sería posible hablar de una “escuela del sur” (Southern school), en la que podrían incluirse los nombres de J.C. Ramson, A. Tate, C. Brooks y R.P. Warren, como autores que desarrollan su actividad en determinadas universidades del sur de los Estados Unidos, y a los que unen, amén de determinadas concepciones metodológicas, la edición de varias revistas y publicaciones, como Southern Review (1935-1942), Kenyon Review (1938) y Sewanne Review (1944). Uno de los autores más influyentes y representativos del pensamiento estético del New Criticism ha sido el estudioso de estética y semántica literaria I.A. Richards, cuya magnífica obra nos permite considerarlo como uno de los fundadores de la crítica moderna, especialmente en el ámbito de las escuelas inglesa y norteamericana (H. James, P. Lubbock, E.M. Forster, E. Muir, N. Friedman, W.C. Booth, S. Chatman...) Pese a que su doctrina estética es profundamente psicologista, contrariando de este modo uno de los principios fundamentales del New Criticism, I.A. Richards influyó notablemente en este movimiento merced a sus trabajos sobre semántica y análisis lingüístico. I.A. Richards distingue dos usos principales del lenguaje, el referencial y el emotivo, a partir de los cuales trata de establecer las diferencias esenciales entre el lenguaje literario y el lenguaje científico. Sus ideas principales a este respecto consisten en afirmar la densidad semántica del lenguaje literario, frente a otras formas de discurso lingüístico; se introduce de este modo la noción de polivalencia semántica, que, afín a la de ambigüedad, habría de ser ampliamente desarrollada por su discípulo W. Empson, en sus obras Seven Types of Ambiguity y The Structure of Complex Words ; a todas estas ideas hay que añadir una última aportación, de amplio desarrollo en el formalismo francés, según la cual los sentidos del lenguaje literario sólo pueden ser debidamente captados y comprendidos desde la denominada “perspectiva contextualista”, no tanto expresiva o interpretativa, sino más bien textual, como proceso semiósico de significación del texto literario. J.C. Ramson es otro de los representantes emblemáticos del New Criticism. En su obra ensayística ha insistido de forma especial en el rechazo del impresionismo como modo de acercamiento a la obra literaria, y en la conveniencia de fundamentar en el texto literario, como objeto de estudio científico, la totalidad de los análisis sobre la literatura. Ramson llegó incluso a proponer la supresión del léxico crítico de determinados vocablos, que designaban con frecuencia reacciones psicológicas del público lector (emocionante, extraordinario, valioso, admirable...), al exigir el desarrollo de una crítica inmanente centrada en el análisis de las formas literarias, desde la que se concibe el texto como un todo orgánico, autónomo y autosuficiente, en el que los diferentes elementos se disponen de modo estructural, formando un sistema de relaciones y unidades formales solidarias entre sí. C. Brooks, W.K. Wimsatt y M.C. Beardsley son algunos de los nombres cuya obra ensayística se vincula directamente con el pensamiento metodológico del New Criticism. C. Brook, en sus estudios sobre la estructura de la obra poética, considera el texto literario como un sistema cuyos principios de integración y relación son la paradoja y la ironía, figuras de pensamiento a cuyo análisis dedicó importantes páginas en las que confiere al lector un importante papel en el proceso comunicativo de la obra

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literaria. En un ensayo conjunto dedicado a la “falacia afectiva” (the affective fallacy), W.K. Wimsatt y M.C. Beardsley se han referido a problemas afines a las operaciones de recepción, al denunciar la confusión que con frecuencia establece el público entre lo que el poema es formalmente y lo que el poema provoca psicológicamente, e insisten en la conveniencia de consagrar la investigación literaria al estudio de los valores estéticos, como cualidades inherentes del objeto textual, cuyo sentido es superior e irreductible al de las experiencias que los motivan o que de ellos mismos se derivan. Entre sus diferentes objetivos metodológicos, los autores del New Criticism se refirieron con frecuencia a los problemas derivados de la diferenciación del lenguaje poético frente a los lenguajes científico y estándar, y al recurrente planteamiento de las relaciones entre el fondo y la forma de la obra literaria. 3.3. La poética formal: la estilística3 Dentro de las denominadas poéticas formales del siglo XX puede situarse el desarrollo de las diferentes estilísticas, como conjunto de métodos de interpretación destinado al análisis de los hechos expresivos del lenguaje, de sus caracteres afectivos, y de los medios utilizados en una lengua para producirlos. “La estilística —escribía Ch. Bally en 1909— estudia los hechos de expresión del lenguaje organizado desde el punto de vista de su contenido afectivo, es decir, la expresión de los hechos de sensibilidad a través del lenguaje y la acción de los hechos del lenguaje sobre la sensibilidad”. La estilística moderna de Ch. Bally surge en estrecha relación con la lingüística, en torno a 1905, y muestra una gran afinidad con los presupuestos preestructuralistas característicos de la Escuela saussuriana de lingüistas franco-suizos. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, la estilística adquiere diferentes manifestaciones metodológicas, cuyos principios teóricos resultan con frecuencia afines o comunes. Diferentes autores han señalado a este respecto algunas constantes y analogías, entre las que pueden señalarse las siguientes (V.M. Aguiar, 1967/1984: 434 ss; J.M. Pozuelo, 1988: 18-39).

Cfr. A. Alonso (1940, reed. 1954, 1960 y 1979; 1954, reed. 1979), D. Alonso (1950, reed. 1987), M. Alvar (1970), P. Aullón de Haro (1984, 1994c), A.S. Avalle (1970, trad. 1974), Ch. Bally (1909, trad. 1983; 1914), J.R. Benette (1986), C. Bousoño (1962, reed. 1970), R.H. Castagnino (1974), M. Cressot (1947, 1963), B. Croce (1902, trad. 1926 y 1939), J. Culler et al. (1987, trad. 1989), J. Domínguez Caparrós (1978, reed. 1982), N.E. Enkvist, J. Spencer y M.J. Gregory (1974), R. Fowler (1966; 1971; 1981, trad. 1988), J. Foyard (1991), A. García Berrio y T. Hernández (1988a), J. Gardes-Tamine (1990), M.A. Garrido Gallardo (1974, 1982), G. Genette (1991), C. Guillén (1989), P. Guiraud (1955, trad. 1967, reed. 1982; 1969), P. Guiraud y P. Kuentz (1970), H. Hatzfeld (1953, trad. 1955; 1973, 1975), L.G. Kaida (1986), J.L. Martín (1973), J. Mazaleyrat y G. Molinié (1989), G. Molinié (1991), G. Molinié y P. Cahné (eds., 1994), H. Morier (1959, reed. 1989), M. Muñoz Cortés (1973, 1986), G. Orsini (1976), J.M. Paz Gago (1993), J. Portolés (1986), J.M. Pozuelo (1988a, 1994), E. Prado Coelho (1987), L. Spitzer (1923; 1948, trad. 1955; 1966; 1970; 1980), B. Terracini (1966), M.A. Vázquez Medel (1987), S. Wahnón (1988, 1991), R. Wellek (1970: 187-224; 1981), A. Yllera (1974), E. de Zuleta (1974). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Stilistik, en Lili, 22 (1976); Literary Stylistics, en Nils Erik Enqvist (ed.), Poetics, 7 (1978); Dámaso Alonso y la crítica moderna, en Insula, 530 (1991); Amado Alonso, español de dos mundos, en Insula, 599 (1996).

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a) La mayor parte de los métodos estilísticos toman como punto de partida en el análisis de los textos literarios un enfoque lingüístico y formal, constituyendo de este modo un método de crítica estilística. b) La perspectiva lingüística y formal determina con frecuencia una orientación del lenguaje en términos de desvío y elección, al conferir un estatuto de pertinencia o relevancia estilística a determinados rasgos, procedimientos o usos del lenguaje que se salen de “lo normal”4. c) Otro de los aspectos afines entre las diferentes estilísticas se relaciona con la consideración de los procesos pragmáticos de la comunicación literaria, pues la mayor parte de estas orientaciones metodológicas siempre han tenido en cuenta los elementos de la interacción literaria (autor, obra, lector), si bien se han orientado con preferencia hacia uno de ellos, desde presupuestos psicológicos, formales o de recepción. Conviene recordar que la concepción de la que parte originariamente la estilística en el estudio del lenguaje encuentra importantes implicaciones en el pensamiento de Herder y Humboldt, para quienes la obra del lenguaje remite a un poder interior (energeia) —propio del sujeto y de la comunidad histórica que habita—, y de modo más inmediato en Croce, así como en las doctrinas post-hegelianas (Dilthey, Husserl...). Spitzer descubre que la lingüística puede ofrecer sus recursos en provecho de una estilística aplicada a las obras literarias (Die Wortbildung als stilistisches Mittel exemplifiziert an Rabelais, 1910). Nada es, pues, accidental o casual en la forma de la expresión lingüística y literaria. Jean Starobinski ha escrito a este respecto que el análisis estilístico “instintivamente busca las formas activadas del lenguaje, los terrenos en que la palabra se dramatiza: en la obra literaria, donde las palabras toman una significación acrecentada por el valor del deseo que las moviliza; en la historia de las palabras, donde cada generación violenta la herencia verbal, porque aparecen nuevos conflictos y nuevas necesidades, y se constituyen nuevos organismos” (J. Starobinski, 1970/1974: 35). Desde el punto de vista de sus fundamentos teóricos, en nuestros días se identifican cinco orientaciones o escuelas estilísticas fundamentales, a algunos de cuyos presupuestos metodológicos nos iremos refiriendo a lo largo de las páginas siguientes, en el ámbito de la poética moderna: 1) Estilística lingüística de base estructuralista. Escuela franco-suiza. (Ch. Bally); 2) Estilística Idealista. (K. Vossler y L. Spitzer); 3) Estilística Idealista de la Escuela española (Dámaso y Amado Alonso); 4) Estilística estructuralista (M. Riffaterre); 5) Estilística generativista. Escuela norteamericana (N. Chomski y J.P. Thorne).

Tal es la idea desarrollada por M.A. Garrido Gallardo en su artículo “Presente y futuro de la Estilística”, Revista Española de Lingüística, 4, 2 (207-218), de 1974, en que sostiene que no hay distinción, desde el punto de vista descriptivo, entre desvío y elección. Sobre el mismo aspecto, vid. J.M. Paz (1993: 19): “La utilización de expresiones lingüísticas originales supone una formalización peculiar elegida que, por tanto, constituirá un uso desviado de la expresión ordinaria”.

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3.4. La poética estructuralista5 El estructuralismo constituye sin duda una de las corrientes teóricas y críticas más importantes del pensamiento del siglo XX, por lo que se hace conveniente matizar las diferentes plasmaciones históricas que ha tenido este movimiento a lo largo de la centuria. El triunfo del pensamiento estructuralista francés se sitúa en torno a los años sesenta, y en su desarrollo intervienen varios factores, entre los que se encuentran la divulgación en Europa Occidental de la teoría literaria de los formalistas rusos y el funcionalismo del Círculo de Praga; las primeras investigaciones de antropología y etnología estructurales llevadas a cabo por Cl. Lévi-Strauss; la llegada de determinados autores eslavos, como T. Todorov y J. Kristeva, quienes difundieron las obras de los formalistas rusos y los estudios de semiótica eslava; la traducción al inglés, de N. Ruwet, de los Essais de linguistique générale, de R. Jakobson; y la introducción, a través de J. Kristeva, de los trabajos posformalistas de M. Bajtín sobre la novela polifónica y la translingüística o pragmática, así como la traducción de la Morfología del cuento (1928) de W. Propp, etc... Se configura de este modo un movimiento cultural relativamente homogéneo, el formalismo francés, agrupado en torno a actividades editoriales que promueven firmas como Le Seuil y revistas como Tel Quel, Critique, Communications y Poétique. El formalismo francés plantea la posibilidad de un estudio plenamente inmanente de los fenómenos literarios, al considerar que la ciencia de la literatura reside en el análisis de las estructuras de la obra literaria, y aceptar de este modo el enfoque estructuralista de su dimensión lingüística, sociológica y psicoanalítica. El estructuralismo buscó siempre esquemas de relaciones cerrados y perfectos, de ahí que fuera la sintaxis el aspecto de la semiótica que más estudió y desarrolló. En efecto, si la semiología del relato atendió en sus primeros tiempos a los hechos sintáctiCfr. AA. VV. (1966, 1968, 1971a), V.M. Aguiar e Silva (1977, trad. 1980), R. Barthes (1957, trad. 1991; 1964a, trad. 1967; 1966, trad. 1970; 1966a, trad. 1972; 1967-1980, trad. 1987; 1970, trad. 1980; 1972, trad. 1973; 1973, trad. 1982; 1977, trad. 1980; 1993), R. Barthes et al. (1977), A. Berman (1988), E. Bojtár (1985), J. Culler (1975, trad. 1978), J. Culler et al. (1987, trad. 1989), T.A. van Dijk (1972; 1977a, trad. 1986; 1977, trad. 1980; 1978, trad. 1983; 1978a, trad. 1983; 1981; 1984; 1985; 1989), L. Dolezel (1990), O. Ducrot, T. Todorov et al. (1968, trad. 1973), N. Frye (1971, trad. 1973), A. García Berrio (1973, 1977-1980, 1984, 1987, 1989), A. García Berrio y T. Hernández (1988a), G. Genette (1966; 1966a; 1969; 1972, trad. 1989; 1979, reed. 1986, trad. 1988; 1982, trad. 1989; 1983; 1986; 1987; 1991), A.J. Greimas (1966, trad. 1976; 1966a, trad. 1974), R. Jakobson (1960, trad. 1981; 1963, trad. 1984; 1968, reed. 1973, trad. 1978; 1981; 1992), F. Jameson (1972, trad. 1980), A. Jefferson y D. Robey (1982, reed. 1986), J. Kristeva (1966, reed. 1974), V.B. Leitch (1988), I. Lotman (1975a), R. Macksey y E. Donato (1970, trad. 1972), J.G. Merquior (1986), J. Natoli (1987), M. Pagnini (1967, trad. 1978), J.M. Pozuelo (1988, 1988a, 1994), E. Prado Coelho (1987), M. Riffaterre (1971, trad. 1976; 1978, trad. 1990; 1979), D. Robey (1973, trad. 1976), R. Scholes (1974, trad. 1981; 1974, trad. 1986), C. Segre (1974, trad. 1976; 1977, trad. 1981), J.K. Simon (1972, trad. 1984), T. Todorov (1966; 1968, trad. 1975; 1969, trad. 1973; 1971, trad. 1988; 1977; 1984; 1987), J. Veltrusky (1981), J. Vidal Beneyto (1981), D. Villanueva (1977, 1986), F. Vodicka (1976), S. Wahnón (1991), R. Weimann (1973a), R. Wellek (1970: 275-302), A. Yllera (1996). Vid. los siguientes números monográficos de revistas: Strukturale Literaturwissenschaft und Linguistik, en Lili, 14 (974); The Future of Structural Poetics, en T.A. Van Dijk (ed.), Poetics, 8, 6 (1979).
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cos, se debió precisamente al peso de los presupuestos estructurales para el estudio científico de todos los objetos históricos. El estructuralismo había considerado a la lingüística como el modelo principal en la investigación de los fenómenos culturales. Estudiosos como Cl. Lévi-Strauss (1958) demostraron, desde el punto de vista de su aplicación en la antropología y la etnología, la validez interdisciplinar del modelo lingüístico, que J. Lacan habría de continuar en el psicoanálisis, L. Althusser en una nueva lectura del marxismo, M. Foucault en el concepto de episteme del saber y las relaciones de poder, R. Barthes en Teoría de la Literatura, junto con G. Genette, J. Kristeva, A.J. Greimas y T. Todorov, entre otros, etc... La visión estructural de los fenómenos culturales se configura como aquello que revela el análisis interno de su totalidad. Desde este punto de vista, resultan esenciales los conceptos de estructura, sistema y solidaridad, al referirse a un conjunto de elementos determinados por sus mutuas relaciones de interdependencia (estructura), que se manifiestan como solidarias en el proceso (un término A exige necesariamente la presencia de otro término B, y a la inversa), y como complementarias en el sistema (la estabilidad del sistema viene determinada por la interrelación de todos sus elementos). El carácter de totalidad e interdependencia entre los elementos que forman un sistema distingue al estructuralismo de las escuelas atomistas —cuyos presupuestos de investigación eran habituales en las prácticas de los neogramáticos—, que conciben la realidad como compuesta de elementos aislables, cuya suma o yuxtaposición configura la constitución del conjunto. Para los formalistas franceses, y en general para los estructuralistas del siglo XX, la noción de estructura, antes que una realidad empíricamente observable, es un simulacro (R. Barthes), un principio metodológico y explicativo de los fenómenos culturales. Desde el punto de vista de las filosofías humanistas, el estructuralismo introduce importantes transformaciones de orden metodológico y epistemológico, al considerar que el sujeto deja de desempeñar el papel fundamental en la investigación de los fenómenos culturales, en favor de determinados principios metodológicos, como las nociones de estructura, discurso, sistema, código, etc... De este modo, su oposición a los sistemas de pensamiento humanistas, que habían dominado el panorama francés de las últimas décadas (fenomenología y existencialismos), es manifiesta, y habrá de desembocar en la proclamación de los estudios inmanentistas, al trasladar el centro del pensamiento del sujeto al discurso, y hablar —como haría Cl. Lévi-Strauss— de antisubjetivismo teórico o epistemológico (más que de anti-humanismo). En el ámbito de la teoría literaria, R. Barthes había escrito en 1965, a propósito de “La muerte del autor”, que la voz, el autor mismo, y el origen de la escritura, desaparecen cuando un hecho es relatado con fines intransitivos; cuando, como se supone sucede con el discurso literario, el lenguaje no tiene como finalidad actuar directamente sobre lo real. Barthes considera en este sentido que el autor es un “personaje del mundo moderno”, introducido en la sociedad tras la Edad Media, merced al empirismo inglés, el racionalismo continental del siglo XVII y el concepto personal de fe establecido por la Reforma, que descubren y potencian el prestigio del individuo.

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El estructuralismo francés rechaza de este modo el “sentido teológico” de la obra literaria, así como el conjunto de hipóstasis (sociedad, psicología, historia, libertad...) que tratan de vincular el estudio de la literatura con algunas de las cualidades exteriores que actúan sobre su autor-dios. Quien habla no es, pues, el autor, sino el lenguaje; el autor debe ser desplazado en beneficio de la escritura y del lector. Una vez hallado el Autor, el texto se “explica”, el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor” (R. Barthes, 1967/1987: 70). 3.5. Poéticas de la conciencia, de lo imaginario y mitocrítica6 Las diferentes corrientes teóricas que pueden inscribirse bajo esta denominación tienen como objetivo fundamental la consideración del fenómeno literario desde el punto de vista de su dimensión metaformal, o acaso más exactamente, preformal, tratando de identificar el sentido y la trascendencia de la obra literaria desde orientaciones antipositivistas y antihistoricistas, afines a una práctica interpretativa que U. Eco ha definido como “modo simbólico”. Abordamos una tendencia teórica de gran amplitud, por lo que toda generalización ha de ser muy cuidadosa: baste tener en cuenta la renovación que estas corrientes han experimentado a lo largo del presente siglo, con el myth criticism del formalismo norteamericano, la escuela de Ginebra en la nouvelle critique de tradición francesa, o el desarrollo experimentado por las poéticas de lo imaginario en el seno de los postestructuralismos, lo que para autores como J. Burgos (1982: 398) demuestra “la faillité des structuralismes et des analyses formalistes”. El tema tratará de ofrecer, en primer lugar, una exposición de los fundamentos históricos de estas corrientes. No debe olvidarse que el concepto de imaginación designó siempre una actividad referida a y preocupada por la apariencia de las cosas. Para Platón designaba una facultad intermedia entre el sentir y el pensar, entre la evidencia de la sensación directa y la coherencia de la lógica especulativa o abstracta. Su dominio era el parecer, y no el ser. Aristóteles, por su parte, consideraba que lo imaginario conservaba el poder que tiene la realidad para estimular y provocar pasiones en el ser
Cfr. G. Bachelard (1939; 1957, trad. 1965, reed. 1992; 1960, trad. 1982), A. Béguin (1937, reed. 1939, trad. 1954), D. Bergez (1990), M. Bodkin (1934, trad. 1978), V. Brombert (1975), J. Burgos (1982), C. Calame (1990), J. Campbell (1949, trad. 1959), E. Cassirer (1923-1929, trad. 1995), G. Durand (1960, reed. 1963, trad. 1981; 1964, trad. 1971; 1979, reed. 1992, trad. 1993; 1979; 1989), N. Frye (1957, trad. 1964 y 1977; 1963; 1968; 1971, trad. 1986; 1976, trad. 1980; 1976a), A. García Berrio (1985, 1989, 1994), C.G. Jung (1930, trad. 1984; 1936, trad. 1990 y 1991; 1984, trad. 1987, reed. 1996), G.S. Kirk (1970, trad. 1985), V.B. Leicht (1988), J.H. Miller (1963, 1966), C. Pérez Gallego (en J.M. Díez Borque [1985: 391-415]), J.M. Pozuelo (1994), M. Praz (1930, trad. 1969), J.D. Pujante (1990), E. Raimondi y L. Bottoni (1975), J.P. Richard (1954; 1961, 1964), M. Rubio Martín (1987, 1988), J.K. Simon (1972, trad. 1984), J.Y. Tadié (1987), A. Verjat (1989), J.B. Vickery (1966), H. Weinrich (1970), Ph. Wheelwright (1954; 1962, trad. 1979). Vid. los siguientes números monográficos de revistas: Méthodologie de l’imaginaire, en Circé, 1 (1969); Thématique et thématologie, en Revue des langues vivantes (1977); Imaginaire et idéologie. Questions de lecture, en Littérature, 26 (1977); Morphogenèse et imaginaire, Ciercé, 8-9 (1978).
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humano. El acontecimiento representado puede no ser real, pero las pasiones que provoca en el espectador sí lo son. Se consigue de este modo un efecto catártico mediante la imaginación. Durante la época medieval se observa que la imaginación no dispone de sus imágenes con entera libertad, sino que se impone al ser humano con una especie de espontaneidad, de autonomía, como una fuerza que el hombre no es dueño de rechazar. Por otro lado, la imaginación comienza a designar tanto la facultad de imaginar como su resultado, el objeto imaginado. En la Edad Moderna, con el Renacimiento y el neoplatonismo, la imaginación se sitúa en el tránsito entre lo sensible y lo suprasensible, a través del cual se pueden percibir las inquietudes internas del espíritu. Jordano Bruno la considera como una facultad que designa el conjunto de los sentidos interiores. En el ámbito de la medicina, Paracelso se suma a esta corriente filosófica y gnóstica, al considerar la imaginación como un cuerpo invisible que domina al cuerpo visible. Estas teorías se difundirán a través de Van Hedmot, Fludd, Digby Boehme, Stahl, Mesmer, y llegarán hasta los filósofos y pensadores del Romanticismo. Ha de insistirse, en este sentido, en las teorías románticas afines a las poéticas expresivas y antimiméticas, el antecedente que constituye el pensamiento de G. Vico (el mito como fundamento de conocimiento), así como la obra de Nietzsche (El nacimiento de la tragedia), donde se expone la oposición que este autor establece entre ciencia y mito. Por su parte, los prerrománticos ingleses considerarán la imaginación (fancy, según Coleridge) como una potencia unificadora, como un principio de organización. Para los románticos, la imaginación tendrá poderes demiúrgicos, al ser una facultad de creación y conocimiento de mundos. En el siglo XX hemos de referirnos a los diferentes autores que se han ocupado del pensamiento mítico y simbólico, en sus diversas variantes y aplicaciones, como C.G. Jung, E. Cassirer, C. Calame y Cl. Lévi-Strauss, entre otros, sin olvidar la importancia de la tradición francesa, representada fundamentalmente por la obra de G. Bachelard (Poulet, Durand, Richard...), y la tradición anglosajona (myth criticism), que dará lugar a planteamientos tan relevantes como los de Ph. Wheelwright, y especialmente a la concepción organicista de N. Frye. Por último, ha de prestarse la debida atención al énfasis puesto por los estudios de A. García Berrio en el denominado “espesor imaginario de los textos literarios”, orientado al análisis del fundamento de su universalidad poética, en la que se concilian expresividad y ficcionalidad. Las poéticas de lo imaginario han encontrado en la imaginación el concepto que permite establecer una relación necesaria entre las teorías generales sobre la conciencia y la teoría de la literatura. Relacionada con la percepción, la proyección y la memoria, la imaginación es un poder de divergencia frente a la realidad, mediante el que el ser humano se presenta las cosas distantes y se distancia de las realidades presentes. J. Starobinski ha escrito a este respecto, en el contexto del siglo XX, que el objetivo primordial del psicoanálisis consiste en distinguir, “entre las representacioines

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mentales, un cierto número de imágenes que no son reminiscencias neutras, sino figuras fuertemente cargadas de afectividad. A este nivel, la imaginación no es una simple operación intelectual, sino una aventura del deseo. La actividad fantasmática, la Phantasie freudiana, no es ni un ‘reflejo’ intelectual del mundo percibido, ni un acto de participación metafísica en los secretos del universo: es una dramaturgia interior animada por la ‘libido’” (J. Starobinski, 1970/1974: 149-150). La imaginación actúa sobre los datos de la experiencia afectiva, es decir, se refiere a un pasado vivido, resulta de una situación presente y responde a un futuro posible; la labor del analista es la de identificar la historia, vivencias y motivaciones de las pulsiones primarias, por encima de las formas y expresiones literarias. La imaginación debe ser, pues, analizada como discurso y como comportamiento. 3.6. Teorías psicoanalíticas de la literatura7 El presente epígrafe tratará de dar cuenta de las diferentes corrientes y posibilidades de interpretación que ofrece el psicoanálisis en el estudio y conocimiento de los textos literarios. Antes de considerar el pensamiento de los grandes representantes del psicoanálisis, habrán de tenerse en cuenta los antecedentes, el inmediato de Karl Gustav Carus, para Jung, y quizá también para Freud, y los más distantes de Schiller y Goethe, además de las dos generaciones de románticos alemanes, para Freud. Tras una breve exposición histórica del movimiento psicoanalítico, habrán de considerarse los conceptos básicos del psicoanálisis de Freud, Jung y Lacan, en sus posibilidades de aplicación a la teoría y crítica de la literatura. La creación literaria constituye una fuente esencial respecto a las posibilidades del conocimiento psicoanalítico: “El poeta es comparable al que sueña despierto, o al que sueña dormido; pero detenta, más que los otros hombres, el poder de manifestar la vida afectiva, privilegio que le convierte —Freud estaba convencido— en un mediador entre la oscuridad de la pulsión y la claridad del saber sistemático y racional” (J. Starobinski,1970/1974: 211). Todo tiene un sentido: no hay azar en la vida psíquica, todo se reduce, en un último análisis, a operaciones de fuerzas elementales. El psicoanálisis somete el arte a una lectura racionalista y positiva. En 1907 Freud publica, en el primer fascículo de los Schriften zur angewandten Seelenkunde, su
Cfr. AA. VV. (1970), G. Bachelard (1957, trad. 1965, reed. 1992; 1960, trad. 1982), Ch. Baudouin (1929, trad. 1934; 1952), J. Bellemin-Noël (1978, reed. 1989; 1979), L. Bersani (1986), P. Brooks (1988), C. Castilla del Pino (en P. Aullón de Haro [1984: 251-345]; 1992; 1994), A. Clancier (1973, trad. 1976), M. Delcroix y F. Hallyn (1987), G. Desideri (1975), J. Durandeux (1982), P. Fedida (1988), Sh. Felman (1982), S. Freud (1981 [1873-1945], R. Girard (1961, trad. 1985), J. Guimón (1993), F. Gunn (1988), J. Harari (1979), G.H. Hartmann (1978), N. Holland (1968, trad. 1988; 1973; 1975; 1978), L. Hutcheon (1984), A. Jefferson y D. Robey (1982, reed. 1986), E. Jones (1949, reed. 1967), C.G. Jung (1930, trad. 1984; 1936, trad. 1990 y 1991; 1984, trad. 1987, reed. 1996), O. Kris (1952), J. Lacan (1966, trad. 1984 y 1985), O. Mannoni (1969, trad. 1979), I. Marful (1991), Ch. Mauron (1963, reed. 1995; 1964, reed. 1985), J. Natoli (1987), J. Neu (1996), F. Orlando (1973, 1982), I. Paraíso (1994, 1995), J.M. Pozuelo (1994), J.D. Pujante (1988-1989), O. Rank (1914, trad. 1992), P. Ricoeur (1965), Sh. Rimmon-Kennan (1987), M. Robert (1972, reed. 1977), J. Starobinski (1970, trad. 1974), S. Wahnon (1991), C. Wieder (1988), E. Wright (1984, reed. 1987).
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estudio sobre El delirio y los sueños en la ‘Gradiva’ de Jensen, que representa, en los comienzos del desarrollo teórico del psicoanálisis, las primeras manifestaciones de interés sobre las obras literarias. Desde esos momentos, S. Freud trata de probar la eficacia del método psicoanalítico “ejercitándolo provechosamente en todos los ámbitos que pudieran requerir una interpretación psicológica: las obras de arte, el mito, las religiones, la vida social de los primitivos y la vida cotidiana de los civilizados” (J. Starobinski,1970/1974: 203). La teoría psicoanalítica de S. Freud sobre el proceso de creación literaria puede resumirse sumariamente en los siguientes aspectos. La obra literaria, como toda producción cultural, surge del inconsciente del sujeto, y fundamentalmente posee un origen (o motivación) sexual, sobre el que actúa el mecanismo de la “represión” (fr.: refoulement; alem.: Verdrängung), que es el principal mecanismo de defensa del Yo. Sobre el material de origen sexual reprimido actúa el mecanismo de la sublimación, que lo transforma en “cultura”, en material aceptable social o moralmente. Según Freud, las principales actividades sublimadas son la actividad artística y la investigación intelectual. Freud define la sublimación como “una cierta modificación de finalidad y de cambio de objeto en la cual entra en consideración nuestra evaluación social” (O.C., 1970, II: 787874). La transformación de una actividad sexual en una actividad sublimada requiere un tiempo, que corresponde a la llamada retracción de la libido, o energía erótica que subyace en las transformaciones de la pulsión sexual. Es imprescindible para la creación artística la retracción de la libido sobre el Yo: sobre el sujeto —narcisismo, autoestima, atracción hacia sí mismo, etc.—; no sobre el objeto, atracción hacia cosas y personas, devaluación de la propia estima, etc... Los mecanismos de defensa del Yo, que actúan durante el sueño y en la creación literaria, son, entre otros, la figuración, el desplazamiento y la condensación o sobredeterminación. Por su parte, Jung considera al artista dolorosamente escindido entre el impulso de su creatividad y su naturaleza humana, entre lo colectivo, y plural, y lo personal, en que se interioriza la fragmentación exterior: “Todo hombre creador es una dualidad o una síntesis de cualidades paradójicas. De una parte, es un proceso humano-personal; de otra, un proceso impersonal, creador. Como hombre, puede ser sano o enfermo, y su psicología personal puede y debe ser explicada mediante cualidades personales. En cambio, como artista sólo se le puede concebir partiendo de su hecho creador” (C.G. Jung, 1930/1984: 348-349). El psicoanálisis se presenta como una ciencia general de la mente humana, y se interesa tanto por los individuos aparentemente normales como por los supuestamente geniales, excéntricos o neuróticos. Es cierto que el psicoanálisis utiliza una teoría procedente del estudio de las neurosis, pero su uso en la práctica no distingue a priori entre hombres corrientes y extra-ordinarios, si bien desde sus comienzos los estudios psicoanalíticos mostraron una gran atracción por el análisis de obras y personalidades artísticas geniales. El propio Freud reconoce, en el prólogo que escribió para el estudio de Marie Bonaparte sobre

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E.A. Poe, que posee “un encanto especial estudiar en individuos destacados las leyes de la vida psíquica humana”. Aunque entre los psicoanalistas existen opiniones para todos los gustos, la más autorizada y extendida —la más afín a Freud, por otra parte—, es la que advierte que no existe relación clara entre neurosis y creatividad, si bien ambos conceptos poseen implicaciones comunes. En un fragmento frecuentemente citado de La interpretación de los sueños (1900), Freud se refiere a la relación entre el artista y el neurótico, e insiste en que no hay entre ambos una conexión clara o explícita. En su artículo “El poeta y la fantasía” (1908), vuelve sobre el tema de la neurosis y la actividad artística, al advertir que “toda neurosis tiene la consecuencia de apartar al enfermo de la vida real, extrañándole de la realidad”, y añade: “el neurótico se aparta de la realidad —o de un fragmento de la misma— porque se le hace intolerable”. I. Paraíso (1993: 98) ha señalado a este respecto que “la teoría psicoanalítica insiste en la innata capacidad del artista para la sublimación y neutralización del conflicto, en su habilidad para manejar con éxito materiales psíquicos peligrosos”, pero en ninguna parte —y así lo han señalado también Frederick Crews y Jean Starobinski— Freud ha afirmado la afinidad entre creatividad artística y neurosis. Ambas, creación artística y neurosis, se originan en un conflicto, pero, mientras la solución a este último es regresiva y primitiva, ya que las pulsiones reprimidas acceden a una expresión simulada que no satisface ni al propio neurótico, el artista, como ha señalado Frederick Crews en su artículo “Can Literature be Psychoanalyzed?” (1975), “has the power to sublimate and neutralize conflict, to give it logical and social coherence through conscious elaboration, and to reach and communicate a sense of catharsis”.

3.7. Teorías sociológicas de la literatura En el presente epígrafe está dedicado a las diferentes orientaciones que pueden integrarse en un capítulo tan amplio y variado como el que se refiere a las teorías sociológicas del fenómeno literario8. Ofreceremos en primer lugar un esbozo de los orígenes
Cfr. AA. VV. (1970), Th.W. Adorno (1970, trad. 1975 y 1983), I. Ambrogio (1975), M. Angenot (1982, 1982a, 1988), A. Benjamin (1989), W. Benjamin (1973; 1973a, trad. 1988; 1980), C. Bonhôte (1973), P. Bourdieu (1979, trad. 1990; 1992, trad. 1995), V. Bozal (1972), A. Callinicos (1989, trad. 1995), A. Chicharro Chamorro (1994), E. Cros (1983, trad. 1986), C. Duchet (1979), T. Eagleton (1978, 1981), T. Eagleton y D. Milne (1996), R. Escarpit (1958, reed. 1962, trad. 1968; 1973), R. Escarpit et al. (1970, trad. 1974), J.I. Ferreras (1980), R. Fowler (1981, trad. 1988), J. Frow (1986), M.A. Garrido Gallardo (1973, 1992, 1996), L. Goldmann (1955, trad. 1968; 1964, trad. 1967; 1970, 1970a), Ph. Goldstein (1990), A. Gramsci (1977), A. Hauser (1951, trad. 1969), F. Jameson (1981, trad. 1989), A. Jefferson y D. Robey (1982, reed. 1986), G. Lukács (1920, trad. 1971; 1961, trad. 1966, reed. 1989; 1963, trad. 1974; 1964), E. Lunn (1982), P. Macheray (1966, trad. 1974), M.P. Malcuzynski (1991), M. Bajtín [y V. Voloshinov] (1929, trad. 1976 y 1977), J.M. Pozuelo (1994), C. Reis (1987), M. Ryan (1982), A. Sánchez Trigueros (1996), M. Sprinker (1987), G. della Volpe (1960, trad. 1966, reed. 1971), I.M. Zavala (1991), M. Zéraffa (1951, 1973), P. Zima (1985). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Imprévue. Etudes sociocritiques, núm. especial, 1977, Montpellier, Université Paul Valéry; Texte et idéologie, en Degrés, 24-25 (190-1981); Marxism and the Crisis of the World, en Contemporary Litera8

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del marxismo teórico, sus antecedentes (Hegel, Marx, Engels...) y transformaciones inmediatas (Lenin, Trotsky). Nos referiremos a continuación a las teorías de G. Lukács y B. Brecht; a la Escuela de Frankfurt (M. Horkheimer, Th. Adorno y H. Marcuse) y W. Benjamin; y a la revisión estructuralista del marxismo, con la obra de L. Althusser, L. Goldman y P. Macherey, para concluir finalmente con algunos de los desarrollos teóricos más recientes, en Estados Unidos, de T. Eagleton y F. Jameson. Es bien sabido que Marx consideraba que todos los sistemas mentales (ideológicos y axiológicos) son producto y resultado de la existencia económica y social, de forma que los intereses de las clases dominantes determinan el modo en que los seres humanos conciben su existencia individual y colectiva. En este sentido, la cultura no es una realidad independiente, sino algo inseparable de las condiciones históricas en las que, determinadas por una ideología dominante, los seres humanos desarrollan su vida material. De todo ello se desprendía que los modelos genéricos y canónicos de la literatura se generan socialmente, conforme a los intereses de las clases dominantes. George Lucáks era uno de los principales representantes de la crítica marxista, muy afín a la ortodoxia del realismo socialista. Una obra realista debía dar cuenta de las contradicciones existentes en el seno del orden social. Toda su obra insiste en la naturaleza material e histórica de la estructura social. En su teoría de la novela ( Die Theorie des Romans, 1920) expone que el relato ha de reflejar la realidad sin reproducir su mera apariencia superficial, sino presentando un reflejo más dinámico, vivido, completo y verdadero de la realidad. Su teoría del reflejo se refiere fundamentalmente a la expresión con palabras de una estructura mental, una conciencia, una reproducción de la realidad relacionada no sólo con los objetos, sino sobre todo con la naturaleza humana y las relaciones sociales. Bertold Brecht, en Pequeño órgano para el teatro [Kleines Organon für das Theater] considera que el teatro debe reflejar “las relaciones humanas que se den en la era del dominio de la naturaleza y, más exactamente, la discordia existente entre los hombres a resultas de la ingente empresa común “ (P. Szondi, 1978/1994: 125). La expresión de estos contenidos supone para Brecht el abandono de la forma dramática, y la sustitución de la dramaturgia aristotélica por otra dramaturgia de carácter épico, “noaristotélica”. En las Observaciones a la ópera ‘Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny’, publicadas en 1931, sistematiza los desplazamientos entre el teatro dramático y el teatro épico M. Horkheimer, Th. Adorno y H. Marcuse fueron los principales representantes del Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt. Consideraban, al igual que Hegel, que el sistema social era una totalidad, en la que todos los aspectos reflejaban la ture, 22, 4 (1981); Problemas para la crítica soicio-histórica de la literatura. Un estado de las artes, en Ideolgies and Literature, 4, 16 (1983); Sociologies de la littérature, en Etudes Françaises, 19, 3 (19831984); Empirical Sociology of Cultural Productions, en C.J. van Rees (ed.), Poetics, 14, 1-2 (1985); Social Discourse: A New Paradigme for Cultural Studies, en M. Angenot y R. Robin (eds.), Sociocriticism, 3, 2 y 4, 1 (1987 y 1988); Semiótica del diálogo, en en H. Haverkate (ed.), Diálogos Hispánicos de Amsterdam, 6 (1988); The Sociology of Literature, en Critical Inquiry, 14, 3 (1988); Sociocritique de la poésie, en Etudes Françaises, 27, 1 (1991); Empirical Sociologye of Literature and the Arts, en Poetics, 13, 4-5 (1992).

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misma esencia. El arte y la literatura tuvieron un lugar privilegiado en sus investigaciones sobre la teoría social, al considerar que constituían el único ámbito en el que es posible resistir la dominación de la sociedad totalitaria. También consideran que el arte está separado de la realidad, y que precisamente por esa separación el arte adquiere su significado y poder especiales, actitud que supone un enfrentamiento con la concepción realista de Lukács. Afín a este grupo de investigadores debe situarse la figura de W. Benjamin, pese a sus diferencias con el pensamiento de Th. Adorno, recogidas en uno de sus más célebres ensayos, “La obra de arte en la era de la reproducción mecánica”, en que reflexiona sobre el papel del arte en un mundo dominado por la revolución de las formas tecnológicas y comerciales. Con el desarrollo de los movimientos estructuralistas, autores como L. Althusser hacen posible una renovación estructuralista del pensamiento marxista, de gran repercusión en Francia e Inglaterra. Desde el estructuralismo se ratifica la idea marxista de que los individuos no pueden ser entendidos fuera de su existencia en el sistema social, pues se supone que las personas no son sujetos libres, sino “portadores” de valores ideológicos del sistema social. La obra sociológica de L. Goldman concibe las creaciones literarias no como discursos procedentes de genios individuales, sino como textos basados en “estructuras mentales transindividuales”, pertenecientes a grupos o clases sociales. Tal es el resultado de su análisis sobre las tragedias de Racine, en Le Dieu Caché, al compararlas con el pensamiento de Pascal, y con el jansenismo como movimiento social. Pour une sociologie du roman (1964) representa en principio un acercamiento a la escuela de Frankfurt, al introducir el concepto de “homología” (similitudes formales), entre la estructura de la novela y la estructura social que impone el capitalismo. Hemos de referirnos igualmente a la obra de P. Macherey, Pour une théorie de la production littéraire (1966), de gran influencia sobre la visión de Althusser en la concepción del arte y la ideología. En los Estados Unidos las teorías marxistas han estado influidas fundamentalmente por la herencia hegeliana de la Escuela de Frankfurt, exiliada en Nueva York desde 1933 hasta 1950. En un clima francamente adverso para su desarrollo, las ideas de la crítica marxista se difunden a través de la revista Telos y, en cierta afinidad con las ideas europeas, a través de la New Left Review británica. Los principales representantes de este movimiento en Estados Unidos fueron T. Eagleton, con Criticism and Ideology (1976), obra en la que lleva a cabo una auténtica reevaluación de la evolución de la novela inglesa, y con Walter Benjamin or Towards Unconscious (1981), que constituye, en el marco de los postestructuralismos, una respuesta de renovación a sus primeros planteamientos teóricos. Por su parte, F. Jameson desarrolla en sus obras Marxism and Form (1971) y La cárcel del lenguaje (1972) esquemas dialécticos propios del marxismo hegeliano.

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3.8. La pragmática literaria9 Desde el punto de vista de la lingüística, la pragmática se configura en nuestros días como una disciplina destinada al estudio del lenguaje en función de la comunicación, con objeto de analizar científicamente cómo los seres hablantes construyen, intercambian e interpretan enunciados en contextos y situaciones diferentes. La pragmática estudia de este modo el sentido de la conducta lingüística, es decir, el modo intencional de producir y descodificar significados mediante el lenguaje, desde el punto de vista de los principios que regulan los comportamientos lingüísticos dedicados a la comunicación. La pragmática, cuyos fundamentos iniciales se derivan de principios filosóficos, comprende diferentes áreas de conocimiento relacionadas con los paradigmas de la lingüística científica, como la estructura lógica de los actos de habla, la deixis, la relación entre hablantes, discurso y contexto, el análisis de las diferentes estructuras y estrategias discursivas, o la evaluación de los diferentes tipos de presuposiciones e implicaturas, tan recurrentes en el lenguaje ordinario. Autores como B. Schelieben-Lange (1975) han señalado tres orientaciones fundamentales en el dominio de la pragmática, como doctrina del empleo de los signos (Ch. Morris), como lingüística del diálogo (J. Habermas), y como teoría de la acción de hablar (J.L. Austin, J. Searle). El pragmatismo americano desarrolla por vez primera su doctrina triádica del signo a través de la obra lógica y semiótica de Ch.S. Peirce (K.O. Apel, 1970; A. Tordera, 1978). Como sabemos, Ch. Morris configura la pragmática como uno de los tres
Cfr. AA.VV. (1981), Abad Nebot, F. (1990), Adams, J.K. (1985), Aguiar e Silva, V.M. (1977, trad. 1980), Albaladejo Mayordomo, T. (1982, 1984, 1986, 1989, 1992), Apel, K.O. (1967-1970, 1973), Apostel, L. (1980), Austin, J.L. (1962, trad. 1971, reed. 1990), Bajtín, M. (1963, trad. 1986; 1965, trad. 1974, reed. 1987; 1975, trad. 1989), Beaugrande, R.A. y Dressler, W.U. (1996), Berrendonner, A. (1981), Bobes Naves, M.C. (1989, 1992, 1992a, 1993a), Buyssens, E. (1943; 1967, trad. 1978), Cáceres Sánchez, M. (1991), Camps, V. (1976), Carnap, R. (1955), Caron, J. (1983), Chico Rico, F. (1988), Cole, P. (1981), Corti, M. (1976), Dascal, M. (1983), Dijk, T.A. van (1972, 1977, 1977a, 1978, 1978a, 1981, 1984, 1985, 1989), Dolezel, L. (1986), Domínguez Caparros, J. (1985), Ducrot, O. (1972, reed. 1980, trad. 1982; 1984, trad. 1986), Duncan, S. y Fiske, D.W. (1977), Eco, U. (1962, trad. 1985; 1987), Escandell Vidal, M.V. (1993, reed. 1996), Fonseca, F.I. y Fonseca, J. (1977), Fowler, A. (1981, trad. 1988), García Berrio, A. (1977-1980, 1979, 1989, 1994), García Berrio A. y Albaladejo Mayordomo, A. (1982, 1984), Grice, H.P. (1975), Habermas, J. (1981, 1984, 1996), Halliday, M.A.K. y Hasan, R. (1980), Haverkate, H. (1984), Hickey, L. (1989), Jakobson, R. (1961, trad. 1981), Leech, G.N. (1983), Levinson, St. (1983, trad. 1989), Lozano, J. et al. (1989), Maingueneau, D. (1990), Mayoral, J.A. (1986), Morris, Ch. (1938, trad. 1985; 1946, trad. 1962, reed. 1971), Pagnini, M. (1980), Parret, H. (1983, 1987), J.M. Pozuelo (1994), Pratt, M.L. (1977, 1986), Reyes, G. (1990), Schlieben-Lange, B. (1975, trad. 1987), Schmidt, S.J. (1973, trad. 1978; 1978, trad. 1987; 1980, trad. 1990; 1982, 1987), Searle, J.R. (1969, trad. 1986; 1978; 1979, trad. 1982; 1983, trad. 1985), Senabre, R. (1994a), Tordera, A. (1978), Verschueren, J. y Bertucelli-Papi, M. (1987), Villanueva, D. (1984, 1991a). Vid. los siguientes volúmenes monográficos: Pragmatik und Didaktik der Literatur, en Lili, 9-10 (1973); La pragmatique, en A.M. Diller y F. Recanati (eds.), Langue Française, 42 (1979); Empirical Studies in Literature, en Poetics, 10 (1981); Plusieurs pragmatiques, en B.N. Grunig (ed.), Revue de Linguistique,25 (1981); Directions in Empirical Aesthetics, en Poetics, 15, 4-6 (1986); Reading Practices and Preferences. SOcial and Economic Aspects, en Poetics, 16, 3-4 (1987).
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niveles de la semiótica o semiología, tal como ha sido asumida en nuestros días (M.C. Bobes, 1975, 1989, 1991), junto con la sintaxis y la semántica, como disciplina destinada al estudio de los signos desde el punto de vista de la relación que establecen con sus usuarios: “Por pragmática entendemos la ciencia de la relación de los signos con sus intérpretes” (Ch. Morris, 1938: 52). P. Hartmann (1970: 35) ha recordado a este respecto que “el diálogo, entendido como interacción verbal, debería ser la categoría base de la investigación orientada a los signos y el lenguaje”. Como lingüística del diálogo, la pragmática ha sido objeto de importantes orientaciones metodológicas, entre las que ocupan un lugar destacado los trabajos de J. Habermas sobre las condiciones universales necesarias para la existencia de diálogo, en relación a la teoría del consenso sobre la verdad, y las investigaciones de D. Wunderlich, afines a la gramática transformativa, acerca de las posibilidades de descripción científica que ofrece toda situación de habla. Como teoría de los actos de habla, la pragmática trata de ofrecer una investigación del habla dialogada desde los presupuestos teóricos derivados de la acción y la comprensión verbales, de modo que pretende constituir una investigación científica sobre el lenguaje como actividad que crea nuevos planos de sentido, capaz de transformar antiguas unidades lingüísticas y antiguos modelos de acción (Austin, Searle). Las teorías formalistas y morfológicas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX son reemplazadas en un momento dado por el predominio de corrientes ocupadas en el estudio empírico del uso del lenguaje. El positivismo lógico del círculo de Viena, que tiene como principales representantes a R. Carnap y L. Wittgenstein, fuertemente influido por la obra lógica de A. Tarski, se proponía reducir la filosofía a una teoría científica de frases lógicas, cuya forma debía ser la misma para todas las ramas de la ciencia. Surgían así los diferentes programas para el desarrollo de una ciencia unitaria. R. Carnap somete la sintaxis discursiva a un estudio de la lógica, al hacer abstracción de los denotata o designata, y analizar únicamente las relaciones entre las expresiones. La lingüística (descriptiva y empírica) se configura de este modo como una investigación experimental sobre lenguaje, situando a la pragmática en la base de todas sus operaciones. Desde los fundamentos de una ciencia empírica de la literatura, S.J. Schmidt (1980), director del grupo NIKOL, fundado en 1973 en la Universidad alemana de Bielefeld, y que prosigue actualmente sus investigaciones en Siegen, concede una importancia medular a la teoría de los “transformadores” o “procesadores cognitivos”, que operan en la estructura del sistema LITERATURA, es decir, en aquel ámbito socialmente delimitable en el que tienen lugar la realización de acciones comunicativas orientadas hacia las llamadas obras de arte literarias. El sistema LITERATURA, como ámbito de actuación de las obras de arte verbal, o comunicados literarios —como prefiere denominarlos S.J. Schmidt (1980)—, constituye una estructura social de acciones cuya actividad es aceptada por la sociedad, en cuyo seno desempeña funciones que ningún otro sistema de acciones asume, desde el momento en que, en el ámbito de la teoría de las acciones comunicativas literarias (Theorie

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Literarischen Kommunikativen Handelns), se distinguen cuatro operaciones fundamentales, indudablemente relacionadas entre sí, que corresponden a una teoría de la producción, mediación, recepción y transformación literarias. Desde el punto de vista de la teoría empírica de la literatura formulada por el grupo NIKOL (S.J. Schmidt, G. Wienold, R. Warning, N. Groeben, W. Kindt, K. Stierle), no se admite que la obra literaria constituya una entidad ontológica autónoma, sino que los textos, o comunicados literarios, deben entenderse como el resultado de actividades y comportamientos sociales en los que reside precisamente la atribución y donación de sentido que reciben las obras de arte verbal (Empirische Literaturwissenchaft). 3.9. Las poéticas de la recepción literaria10 El presente tema pretende dar cuenta de las diferentes tendencias metodológicas, así como de sus antecedentes, que a lo largo del siglo XX, especialmente desde los años sesenta, consideran al lector como centro de las principales reflexiones sobre la literatura. Será preciso considerar en primer lugar algunos de los antecedentes de las poéticas de la recepción. Desde presupuestos fenomenológicos y hermenéuticos, W. Dilthey desarrolla una teoría de la comprensión de los fenómenos culturales, insistiendo en la dimensión histórica en que se sitúa el sujeto humano en el proceso de conocimiento del objeto estético. Desde el punto de vista de la hermenéutica de H.G. Gadamer (1960), todo proceso de conocimiento y comprensión es resultado de una interacción con hechos y discursos del pasado histórico, de modo que toda lectura constituye siempre un diálogo con la tradición. Gadamer introduce conceptos que habrán de ser esenciales en la teoría de la estética de la recepción alemana, tales como Vorverständnis (pre-juicio), Erwartungshorizont (horizonte de expectativas), y Horizontverschmelzung (fusión de horizontes), y afirma que la determinación del sentido de la obra literaria no depende exclusi-

Cfr. AA.VV. (1971, 1983), A. Acosta Gómez (1989), M. Asensi (1987), Auerbach, E. (1958), Cabada, M. (1994), Castañares Burcio, W. (1994), Chartier, R. (1993, 1995), P. Cornea (1993), D. Coste (1980), Eco, U. (1979, trad. 1981; 1990, trad. 1992), Gadamer, H. G. (1960, trad. 1989), Gnutzmann, R. (1994), Groeben, N. (1977), Hartman, G. (1992), Helbo, A. (1985), Hirsch, E. D. Jr. (1976), Hohendahl, P.U. (1988), Holub, R.C. (1984, trad. 1989), Ingarden, R. (1931, trad. 1983; 1937, trad. 1989), Iser, W. (1972, trad. 1974; 1972a, trad. 1989; 1975, trad. 1989; 1976, trad. 1987; 1987; 1990), Jauss, H.R. (1967, trad. 1971; 1970, trad. 1986; 1972; 1975, trad. 1987; 1977, trad. 1986; 1981; 1989, trad. 1995), Kibedi-Varga, K. (1981), Lambert, J. (1986), Mayoral, J.A. (1987), Meregalli, F. (1989), Mignolo, W. (1983a), J.M. Pozuelo (1994), N. Roelens (1998), Senabre, R. (1994a), Stempel, W.D. (1979, trad. 1988), Stierle, K. (1975, trad. 1987), Suleiman, S. R. y Crosman, J. (1980), Warning, R. (1975; 1979a, trad. 1989; 1980), Weimann, R. (1973), Wellek, R. (1985). Vid. los siguientes volúmenes monográficos: Rezeptionforschung, en Lili, 15 (1974); Théorie de la réception en Allemagne, en Poétique, 39 (1979); L’effet de lecture, en Revue de Sciences Humaines, 177 (1980-1981); Théorie et pratique de la réception, en Degrés, 28 (1981); Reception, Reader, Psychoanalysis, en Poetics Today, 3, 2 (1982); Le texte et ses réceptions, en Revue des Sciences Humaines, 189 (1983); Il lettore: modelli, processi ed effetti dell’interpretazione, en M. Ferraresi y P. Pugliatti (eds.), Versus, 52-53 (1989).

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vamente de su autor, sino de las competencias del intérprete o lector y, de forma muy especial, del contexto y circunstancias históricas en que se sitúe su interpretación. El pensamiento fenomenológico de R. Ingarden ha influido notablemente en la estética de la recepción alemana a través de dos de sus obras principales: Das literarische Kunstwerk (1931), donde estudia la estructura esencial y ontológica de la obra literaria, y Vom Erkennen des literarischen Kunstwerks (1937), en que se ocupa del aspecto fenomenológico del objeto artístico y sus receptores potenciales. Su obra se sitúa, pues, entre la fenomenología de E. Husserl, la hermenéutica de M. Heidegger, y la investigación teórica de los textos literarios. Hemos de considerar igualmente los sistemas de pensamiento de los principales representantes de las poéticas de la recepción. En primer lugar, en la teoría de la recepción de la Escuela de Constanza es posible distinguir dos modelos diferentes de estudio e interpretación del fenómeno literario: 1) el modelo histórico de Jauss, fundamentado sobre la hermenéutica de Gadamer y sus precursores, y sobre la crítica neo-marxista procedente de la Escuela de Frankfurt, y 2) el método de Iser, procedente de la fenomenología de Husserl y las aportaciones de Ingarden, y de la semiología de la literatura. Finalmente, hemos de referirnos al modelo semiótico de Eco. En su célebre lección inaugural (1967), con su discurso sobre La literatura como provocación, H.R. Jauss propone un cambio de paradigma en la investigación de los fenómenos literarios, con objeto de superar las supuestas deficiencias metodológicas de determinados modelos de análisis, como el positivismo histórico, la estilística formal y la concepción inmanentista de los estructuralismos. Jauss formula entonces sus siete tesis sobre la nueva estética de la recepción. En 1973, casi al final de su estudio sobre “La Ifigenia de Racine y la de Goethe, con un epílogo sobre la parcialidad del método recepcionista”, Jauss advierte que la estética de la recepción es sólo una disciplina más en el ámbito de las ciencias humanas, de modo que necesita ser auxiliada por otros dominios del saber, con objeto de explicar con mayor amplitud el alcance y el efecto, social e histórico, de la recepción literaria y sus implicaciones en una historia general y comparada de la literatura; el estudio de la pervivencia histórica de determinados valores estéticos, que responden a la selección consciente o inconsciente de los lectores, y se inscriben en una tradición literaria, cultural, antropológica, etc... con la que se identifican; y de considerar, finalmente, y por extenso, el análisis del denominado “horizonte de expectativas”, en relación con las funciones pragmáticas de la obra literaria, y su capacidad para actuar simultáneamente como un fenómeno histórico de presente actualidad. Experiencia estética y hermenéutica literaria (1977) constituye en este sentido una síntesis histórica sobre el lugar que ocupan las categorías de poiesis, aisthesis, catharsis en la tradición hermenéutica occidental. En el modelo hermenéutico de Iser, interpretación y lectura se configuran como procesos de creación de sentido de la obra literaria, de modo que el acto de recepción se convierte en la fase esencial de la pragmática de la comunicación literaria, al determinar según las competencias del lector la constitución interna de la propia textualidad. Para

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R. Ingarden el lector cumplimenta una estructura esquematizada y abierta de la obra literaria, mientras que para W. Iser el lector reconstruye fenoménicamente la textualidad del discurso que comprende. Entre los principales elementos de una fenomenología de la lectura, desde la teoría de la recepción de W. Iser, figuran los conceptos de Lector Implícito (W. Iser, 1976/1987: 55-70), como “modelo transcendental” que representa la totalidad de las “predisposiciones necesarias” para que una obra ejerza su efecto en un sujeto receptor; el Repertorio, o universo referencial del texto; las Estrategias, u ordenación formal de los materiales o procedimientos mediante los cuales el texto dispone su inmanencia; el Punto de vista errante (“Wandering viewpoint”), que se refiere a la multiplicidad de lecturas posibles, variadas y sucesivas, de que puede ser objeto una obra literaria; los Blanks (vacíos o blancos), noción iseriana muy afín al concepto ingardeano de “indeterminación”; y la Síntesis pasiva, que designa la construcción de imágenes que, consciente o inconscientemente, desarrolla el lector durante el proceso de lectura, y que supone una ideación de objetos imaginarios, que nunca puede ser reproducida con exactitud. De ahí la relatividad del significado, nunca abordable de forma definitiva. Las obras en que U. Eco expone inicialmente su teoría de la recepción son Opera aperta (1962 y 1967) y Lector in fabula (1979). Sus estudios sobre la recepción constituyen un planteamiento de la interpretación de la obra literaria, desde el punto de vista del lector, que sigue un modelo fundamentalmente semiótico, en el que están presentes los elementos formales y semánticos de la retórica y la poética literarias, frente a la visión histórica de H.R. Jauss o a los presupuestos hermenéuticos y fenomenológicos de W. Iser. La teoría de la recepción de U. Eco se articula en torno a los siguientes planteamientos sobre las operaciones de lectura y los procesos pragmáticos que disponen su elaboración y comprensión: 1) La lectura o recepción es una confirmación de la textualidad, y no su negación; 2) Eco se distancia, especialmente a partir de la publicación de Lector in fabula (1979), de una teoría del uso, para situar sus estudios sobre la interpretación de la obra literaria en una teoría de la interpretación de textos ; 3) Se distancia de la deconstrucción y se aproxima a la semántica y pragmática del texto (J.S. Petöfi); 4) Introduce el concepto de cooperación interpretativa, con el que designa la implicación del lector modelo en el mecanismo de interpretación, o estrategia textual, de modo que las categorías de textualidad y estructura adquieren relaciones de interdependencia con las propiedades semánticas de infinitud y apertura; 5) U. Eco se propone, en su Lector in fabula (1979), “definir la forma o la estructura de la apertura”.

3.10. La semiótica o semiología El objeto de la semiología es el signo y sus posibilidades de codificación. De la semiología y del signo se han dado diversas definiciones, con frecuencia válidas pero parciales, al destacar uno de los aspectos fundamentales del signo frente a la totalidad

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del conjunto y su consideración panorámica. El presente tema tiene como objeto dar cuenta de las orientaciones más representativas11. Peirce concebía la semiótica como una lógica de los signos, en la que distinguía tres secciones principales: a) Gramática pura: se ocupa de la naturaleza de los signos y sus relaciones entre sí [equivaldría a la sintaxis de Morris]; b) Lógica: establece las condiciones de verdad, al ocuparse de las relaciones entre los signos y su objeto [equivaldría a la semántica de Morris]; c) Retórica pura: análisis de las condiciones de comunicación [equivaldría a la pragmática de Morris]. La semiología es resultado de una superación y una evolución del estructuralismo, determinada por el paso de una concepción teórica y especulativa del signo codificado hacia una observación empírica y verificable del uso que adquiere el signo en cada uno de los procesos semiósicos. El estructuralismo sitúa el signo en un sistema de relaciones estables (estructura), desde el que pretende acceder a su conocimiento, y justificarlo como científico; sin embargo, las posibilidades de este conocimiento se limitan notablemente en la semántica, y se agotan por completo en la pragmática, al resultar imposible en la práctica la sistematización definitiva de las múltiples variantes de uso y función de los signos. La semiología amplía el objeto de conocimiento del estructuralismo, al comprender no sólo el signo codificado en el sistema (norma), sino el uso y la

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Cfr. AA.VV. (1993), T. Albaladejo (1983; 1984; en P. Aullón de Haro [1984: 141-207]; 1990), A. Alvarez (1981), D.S. Avalle (1970, trad. 1974), R. Barthes (1964a, trad. 1967; 1970, trad. 1980; 1973, trad. 1982; 1978, trad. 1982; 1984; 1985, trad. 1990; 1993), M.C. Bobes Naves (1973, reed. 1979; 1977; 1977a; 1985, 1989, 1991, 1993a, 1993b), F. Casetti (1977, trad. 1980), J.E. Copeland (1984), J.C. Coquet (1982, 1987), M. Corti (1976), G. Deledalle (1987), T.A. van Dijk (1972; 1977, trad. 1980; 1989), U. Eco (1967; 1968, trad. 1972; 1973, trad. 1976; 1976, trad. 1977, reed. 1988; 1983, trad. 1996; 1984, trad. 1990; 1985, trad. 1988; 1993a), M.A. Garrido Gallardo (1982, 1984), E. Garroni (1973, trad. 1975), J. Geninasca (en M. Delcroix y F. Hallyn [1987: 48-64]), A.J. Greimas (1966, trad. 1976; 1970, trad. 1973; 1972, trad. 1976; 1973;1976, trad. 1983; 1990a; 1990b), A.J. Greimas y J. Courtés (1979, trad. 1982; 1990, trad. 1991), T. Hawkew (1977), W.O. Hendricks (1973, trad. 1976), J. Kristeva (1969, trad. 1978, reed. 1981; 1970, trad. 1974; 1972; 1984), I. Lotman (1970, trad. 1978), I. Lotman y B. Uspenski (1973, 1973a, 1976), I. Lotman et al. (1979), J. Lozano et al. (1989), C. Martínez Romero (1987), L. Matejka e I.M. Titunik (1976, reed. 1984), W. Mignolo (1978a, 1983), Ch. Morris (1938, trad. 1985; 1946, trad. 1962; 1971; 1985), G. Mounin (1970, trad. 1972), J. Mukarovski (1977, 1977a, 1978, 1982), H. Parret y H.G. Ruprecht (1985), Ch.S. Peirce (1857-1914, a y b), C. Pérez Gallego (1981), J.M. Pozuelo (1994), F. Rastier (1974), J. Romera Castillo (1980, 1981, 1988), J. Romera Castillo et al. (1992 a 1997), F. Rossi-Landi (1972), F. de Saussure (1922, trad. 1980), C. Segre (1977, trad. 1981; 1979, trad. 1990; 1985, trad. 1985), J. Talens et al. (1978), Tz. Todorov (1984, 1987), A. Tordera (1978), J. Trabant (1970, trad. 1975), F. Wienold (1972), A. Yllera (1974). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Semiotik, en Lili, 28-29 (1977); Tópicos actuales en semiótica literaria, en Dispositio, 3, 7-8 (1978); Soviet Semiotics and Criticism. An Anthology, en New Literary History, 9, 2 (1978); Theory and Methodology in Semiotics, en N. Bhattacharya y N. Baron (eds.), Semiotica, 26, 3-4 (1979); Semiotics of Culture, en I. Portis Winner y J. Umiker-Sebeok (eds.), Semiotica, 27, 1-3 (1979); La sémiotique de Ch. S. Peirce, en Langages, 58 (1980); Semiotics and Phenomenology, en R.L. Lanigan (ed.), Semiotica, 41, 1-4 (1982); Semiótica y discurso, en R. Jara (ed.), Eutopías, 1, 3 (1985); Semiotic. Philological Perspectives, en Lía Schwartz (ed.), Dispositio, 12, 30-32 (1987); Greimassian Semiotics, en New Literary History, 20, 3 (1989); Le discours en perspective, en J. Geninasca (ed.), Nouveaux Actes Sémiotiques, 10-11 (1990); Semiotics in Spain, en J.M. Pérez Tornero y L. Vilches (eds.), Semiotica, 81, 3-4 (1990); Idiologues et polilogues: Pour une sémiotique de l’énonciation, en J.D. Urbain (ed.), Nouveaux Actes Sémiotiques, 14 (1991); History and Semiotics, en W. Brooke y W. Pencak (eds.), Semiotica, 83, 3-4 (1991).

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función que adquiere el signo en cada uno de los procesos de creación y transformación de sentido, en virtud de la manipulación a que lo someten sus usuarios. En la aparición de la semiología ha sido determinante el paso de una concepción estática del signo, elaborada por F. de Saussure (1916) y asumida por el estructuralismo clásico o “estático”, a una concepción dinámica, propugnada por L. Hjelmslev desde sus prolegómenos (1943), y desarrollada por un enfoque abiertamente dinámico de los métodos estructuralistas. En la evolución hacia la semántica lógica y hacia la pragmática semiológica, C. Bobes (1989) ha señalado cuatro etapas o momentos principales: 1. Atomismo lógico: Círculo de Viena. El único lenguaje que puede asegurar las condiciones de verdad y verificabilidad es el que no sobrepasa los enunciados atómicos. El atomismo lógico se inicia con B. Russell, y alcanza su expresión más representativa en el Tractatus logico-philosophicus (1921) de L. Wittgenstein. Entre los precedentes pueden señalarse las críticas de Husserl a los usos sin-sentido de la lengua, y los estudios lógico-semánticos de G. Frege. 2. Sintaxis lógica. Más adelante se admite que las transformaciones de los enunciados atómicos mantienen las garantías de verdad y verificabilidad si siguen unas normas determinadas (de sintaxis, formación y transformación). Se busca como objetivo principal superar las limitaciones del atomismo lógico, mediante la liberación del lenguaje de la vinculación inmediata de su uso. Se pretende, en suma, pasar de la verificación en la realidad (observación) a la verificación en el discurso (lógica). 3. Semántica lógica. Supone la integración de los estudios sobre valores semánticos. La semántica se ocupa de las relaciones entre la expresiones de un lenguaje y los objetos a los que se refieren tales expresiones, es decir, del estudio de las diferentes modalidades de representar formalmente el sentido de las palabras, por relación a los objetos a los que se refieren. La posición de Carnap es la de la semántica léxica. W. Quine distingue dos partes en la semántica lógica: a) teoría de la significación, cuyo objeto son los significados (unidades mentales), y b) teoría de la referencia, cuyo objeto es el mundo de la realidad. 4. Semiología. Estudio de los usos del lenguaje y de las normas que los regulan. A partir del pensamiento de Peirce, Morris reconoce en la semiótica tres niveles fundamentales, sintáctico, semántico y pragmático, que en todo sistema de signos corresponderían al análisis de unidades formales (que pueden considerarse desde el punto de vista de su relación distributiva en el sistema y su manifestación discrecional en el proceso), de valores de significado (que permitiría considerar las relaciones de las formas con la idea que el ser humano experimenta de sus efectos sensibles), y de relaciones externas (entre los sujetos que utilizan los signos y los sistemas contextuales envolventes). Forma, valor y uso son los aspectos que una concepción tripartita de la ciencia del signo consideraría en su objeto de estudio.

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La semiología parte del estudio de hechos significantes, no de hechos fenomenológicos (no estudia los hechos en sí, sino el sentido / significado humano de los hechos), es decir, estudia “objetos construidos” para la ciencia, y no objetos “dados” a la percepción sensible. En la investigación semiológica es, pues, posible distinguir tres niveles: a) La sintaxis semiótica se refiere a la identificación de unidades formales, y a la determinación de las normas que rigen su integración en unidades superiores. b) La semántica semiótica estudia las relaciones de los signos con sus denotata (semántica referencial) y con sus designata (semántica de la significación). La semántica semiótica admite que el texto artístico es: 1) significante en sus formas y contenidos (semiótico); 2) no referencial; y 3) sí polivalente. c) La pragmática estudia las relaciones de los signos con sus usuarios y de este conjunto con las circunstancias culturales envolventes. La semiología admite que su objeto de estudio es el signo constituido en sus límites formales, en sus capacidades de denotación y connotación, y en sus posibilidades de manipulación contextual, al actualizarse en una situación que matiza no sólo su realización formal, sino también la implicación de sus valores referenciales.

3.11. Teoría postestructuralista: la deconstrucción Dentro del ámbito de los postestructuralismos la deconstrucción constituye uno de los movimientos más representativos. El presente tema tratará de dar cuenta de ello, considerando sus raíces inmediatas en el estructuralismo francés, así como el papel precedente que autores como Nietzsche, Freud y Heidegger han podido desempeñar. La deconstrucción es un movimiento que puede inscribirse en el marco de los postestructuralismos, en torno a la figura fundamental de Jacques Derrida, entre otros autores como R. Barthes, M. Foucault, G. Deleuze, M. Blanchot, J. Kristeva, Baudrillard, J.F. Lyotard, Lacan, Paul de Man y J. Hillis Miller (Yale Critics)12.
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Cfr. M.H. Abrams (1977, 1989), J. Arac (1989), J. Arac, W. Godzich y M. Wallace (1983), M. Asensi (1990a), R. Barthes (1970, trad. 1980; 1972, trad. 1973; 1982; 1984), W.J. Bate (1982), J. Baudrillard (1977, trad. 1978), A. Berman (1988), S. Best y D. Kellnner (1991), M. Blanchot (1955, trad. 1992; 1959; 1969), H. Bloom (1973, trad. 1977; 1975; 1976; 1982; 1988a; 1994, trad. 1995), H. Bloom et al. (1978), J. Culler (1982, trad. 1984), G. Deleuze (1969), G. Deleuze y F. Guattari (1972, trad. 1973), J. Derrida (1967, trad. 1989; 1967a, trad. 1985; 1967b, trad. 1971; 1968, trad. 1971; 1971, trad. 1972; 1972, trad. 1989; 1972a, trad. 1977; 1972b, trad. 1975, reed. 1997; 1974; 1980; 1987, trad. 1989; 1988, 1988a; 1989), J.M. Ellis (1989), H. Felperin (1985), M. Ferraris (1986, 1990), M. Foucault (1966, trad. 1985; 196a, trad. 1970; 1969, trad. 1970; 1996), G. Graff (1979), J. Harari (1979), R. Harland (1987), G.H. Hartman (1970, 1980, 1981, 1984), M. Heidegger (1957, trad. 1988), F. Jameson (1984, trad. 1991), B. Johnson (1980), M. Krieger (1976, trad. 1992), V. Leitch (1982, 1988), F. Lentricchia (1980, trad. 1990), Ph. Lewis (1982), J.F. Lyotard (1971, trad. 1979; 1972; 1979, trad. 1989), R. Macksey y E. Donato (1970, trad. 1972), P. de Man (1957, trad. 1971; 1979, trad. 1990; 1986, trad. 1990), J.G. Merquior (1986), J.H. Miller (1982, 1987, 1991), J. Natoli (1987, 1989), Ch.C. Norris (1982, 1988, 1990), P. Peñalver (1990), C. Peretti della Roca (1989), J.M. Pozuelo (1988, 1992, 1994), M. Ryan (1982), R. Rorty (1967, trad. 1990; 1979, trad. 1983; 1982; 1989; 1989a), E.W. Said (1983), J. Sallis (1985), M. Sarup (1988), R. Scholes (1988, 1989), J.K. Simon (1972, trad. 1984), G. Spivak (1987), G. Vattimo y

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Desde el punto de vista de los postestructuralismos, la aportación esencial del pensamiento deconstructivista consiste en considerar que toda interpretación constituye siempre e inevitablemente una lectura equivocada. Leer es interpretar, y en toda interpretación subyace una dosis de transformación y equívoco inextinguible, que conduce ineludiblemente a lecturas incorrectas. La posibilidad de plantear como necesaria una “lectura incorrecta” induce paralelamente a hablar de lecturas correctas o coherentes como “lecturas posibles” (H. Bloom, 1975). La formulación de oposiciones binarias, tan esenciales en la teoría deconstructiva, del tipo “lectura correcta / lectura incorrecta” (reading / misreading, interpretación / malinterpretación, understanding / misunderstanding, transducción modélica / transducción aberrante...) dispone la necesidad de pensar en el primero de los términos de cada una de estas jerarquías (lo central) como prioritario respecto al segundo (lo marginal), que se concibe como negación, complicación o inversión del primero. De este modo, la lectura del logocentro, de la interpretación supuestamente correcta o modélica, resulta examinada y comprendida, esto es, invertida, desde los presupuestos y el punto de vista que implica su consideración marginal: si se piensa en la subjetividad como opuesta a la objetividad, el concepto de la subjetividad estará pensado siempre de manera objetivista. Frente a la deconstrucción, que considera aberrante o incorrecta toda interpretación posible sobre los fenómenos culturales, estimamos que, si bien toda interpretación o lectura constituye una transformación de sentido, no toda transformación ha de ser inevitablemente aberrante. En este mismo sentido, J. Culler (1982/1984: 156) ha propuesto “mantener una distinción variable entre dos tipos de malinterpretaciones, aquellas en las que el mal tiene alguna importancia y aquellas en que no, aunque tenga en todo caso efectos significantes”. En sus consideraciones sobre “Les Exégèses de Hölderin par Martin Heidegger” (1955), P. de Man sostiene que Hölderling dice exactamente lo contrario de lo que le hace decir Heidegger, pues para de Man este último entendió a Hölderin precisamente al revés, al encontrar en sus poemas una nominación del Ser, en lugar de un reiterado fracaso por captarlo. Sin embargo, una lectura de estas características sobre la obra de Hölderling constituiría una lectura equivocada desde el punto de vista del proceso semiósico de expresión, y, simultáneamente, una valoración modélica desde la perspectiva de los procesos de interpretación y significación, ya que el texto en sí no discute ni desautoriza de forma radical la lectura de Heidegger, quien la dota de sentido coherente desde el punto de vista de la analítica existencial. La deconstrucción sostiene que el intérprete repite siempre un modelo de texto, y que la lectura es una repetición transformadora, esto es, transductora, de la estructura
P.A. Rovatti (1983, trad. 1988), E. Volek (1985), R. Young (1981). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Jean-François Lyotard, en Diacritics, 14, 3 (1984); The Lesson of Paul de Man, en Yale French Studies, 69 (1985); Jacques Derrida. Una teoría de la escritura, la estrategia de la desconstrucción, en Anthropos, 93 (1989); Jaques Derrida. “¿Cómo no hablar?” y otros textos, en Anthropos. Antologías temáticas, 13 (1989).

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que pretende analizar (Sh. Felman, 1977). De este modo, las lecturas previas a las que se enfrenta cualquier lector no constituyen errores que se deban descartar, ni verdades parciales que haya que completar con verdades contrarias, sino repeticiones reveladoras de estructuras textuales, cuya comprensión es resultado de la proyección de determinadas categorías metodológicas y epistemológicas. La noción de transferencia (J. Lacan, 1973: 133-137) resulta así afín a la de transducción, desde el momento en que aquélla se entiende como la estructura de repetición que vincula, mediante ciertas transformaciones inevitables, el discurso analizado al sujeto que lo analiza. En este sentido, B. Johnson ha hablado de la “estructura transferencial de toda lectura”, como una de las facetas esenciales de la crítica deconstructiva. La deconstrucción se revela inmediatamente como una metodología que pretende ante todo la subversión de una categoría, considerada convencionalmente como prioritaria, mediante la lógica de la suplementariedad de su categoría contraria. Toda deconstrucción es una “transformación dialéctica”, en la que no se sugiere ni se desea una síntesis posible, ni tampoco una prioridad o un dinamismo entre las alternativas. Dado un discurso y un sentido esencial, la deconstrucción propone la inversión —con frecuencia dialéctica, es decir, la transformación de la tesis (lo esencial) por su antítesis (lo inesencial)—, de forma que los interpretantes convencionalmente esenciales o prioritarios son re-transmitidos y transformados como inesenciales o marginales. La deconstrucción es una forma de transformación semántica que consiste en aplicar una torsión a un concepto y alterar, hasta invertirlas, la fuerza y la dirección de sus sentidos. Deconstruir una oposición es deshacerla, transformarla, transducirla, hasta retransmitirla y situarla de forma esencial y dialécticamente diferente. Desde este punto de vista, la historia de la hermenéutica literaria ha sido entendida por abundantes teóricos de la deconstrucción como un despliegue de malinterpretaciones; así, P. de Man (1971: 141) ha escrito que “la existencia de una tradición aberrante especialmente rica en el caso de los escritores que pueden legítimamente ser llamados los más geniales, no es por tanto un accidente sino una parte constitutiva de toda literatura, de hecho la base de la historia de la literatura”; del mismo modo, J. Culler (1982/84: 200) ha insistido en que “la deconstrucción se crea por repeticiones, desviaciones, desfiguraciones [...]. Persiste no como conjunto unívoco de instrucciones, sino como una serie de diferencias que se pueden trazar sobre varios ejes, tales como el grado en que el trabajo analizado se considera una unidad, el papel asignado a previas lecturas del texto, el interés en conseguir relaciones entre los significantes, y la fuente de las categorías lingüísticas empleadas en el análisis”.

3.12. Teoría postestructuralista: New Historicism, Feminismo, Cultural Studies Tras la presentación del postestructuralismo en su génesis francesa y en su desarrollo más influyente, europeo y norteamericano, a través de lo que supuso la deconstrucción y el pensamiento de J. Derrida, el presente epígrafe pretende referirse a lo que algunos autores han denominado segundo postestructuralismo. Autores como Melquior han señalado a este respecto que la nota más relevante de los movimientos que pueden

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agruparse dentro de los últimos postestructuralismos sería el intento por recobrar “a sense of literature as a wordly discourse” (Merquior, 1986: 253), rasgo que podría estar incluso en oposición con algunos de los planteamientos iniciales de la deconstrucción, tal como fue planteada por los círculos intelectuales y universitarios de los Yale Critics.13 Frente a las posibles observaciones, con frecuencia prodecentes de autores considerados formalistas o reminiscentes del New Criticism, las nuevas orientaciones de los postestructuralismos se apoyan en determinadas condiciones sociales, históricas e incluso institucionales, que deben ser destacadas, e implican una importante apertura teórica, y una defensa de la relevancia social y política, tanto de la literatura como del propio discurso teórico y crítico sobre ella. De un modo u otro, la discusión sobre la literatura como ámbito discursivo definido está planteada. Por lo que se refiere a la dimensión teórica y metodológica ha de insistirse en la presencia, siempre renovada, de los nombres de Marx, Lacan o Foucault, sin marginar en absoluto a Derrida, autores en quienes los últimos postestructuralismos encuentran posibilidades para una actitud que va desde el tono militante hasta la reflexión revisionista. Hay que evitar, una vez más, la imagen de un movimiento homogéneo o establemente concordante, pues, pese a la afinidad teórica y metodológica, y a su implicación en un mismo marco o modelo histórico (postmodernidad), las diferencias de orientación son aún más notables. El New Historicism ocupa un lugar especial, como movimiento que supone una reacción desde la historia de la literatura frente al modo tradicional de ser entendida esta disciplina, y como método que discute, al menos teóricamente, el rigor inmanentista de buena parte de la teoría y crítica literarias de las últimas décadas. Desde este punto de vista, autores como L. Monroe postulan una doble exigencia, que se traduce en “the historicity of texts and the textuality of history”, desde la que la relación entre texto e historia, considerada por determinados autores como relación intertextual, pasaría a ocupar un primer plano muy destacado. Del mismo modo, la inCfr. P. Brantlinger (1990), A. Callinicos (1989, trad. 1995), R. Cohen (1989), G. Colaizzi (1990, 1993), M. Coyle et al. (1990), J. Dollimore y A. Sinfield (1985), J. Donovan (1975), T. Eagleton (1995), C. Geertz (1973, trad. 1989), Ph. Goldstein (1990), S. Greenblatt (1980), G. Gunn (1987), H. Heuermann (1990), H. Heuermann y P. Lange (1991), L. Irigaray (1990), F. Jameson (1981, trad. 1989; 1984, trad. 1991), B. Johnson (1980), B.P. Lange (1990), V. Leitch (1988, 1992), F. Lentricchia (1983), J.H. Miller (1982, 1987, 1987a, 1991, 1992), E. Pechter (1987), R. Poster (1989, 1990), K.K. Ruthven (1984, trad. 1990), E.W. Said (1978, 1978a, 1983), R.A. Salper (1991), E. Showalter (1983), G. Spivak (1987), C.R. Stimpson (1988), G. Turner (1990), H.A. Veeser (1989), M.J. Vega (1993), H. White (1973; 1975; 1978; 1987, trad. 1992), R. Williams (1958; 1977, trad. 1980), K.J. Winkler (1993), I.M. Zavala (1991). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Feminist Readings: French Text / American Context, en Yale French Studies, 62 (1981); The Forms of Power and the Power of Forms in the Renaissance, en Stephen Greenblatt (ed.), Genre, 15 (1982); Cherchez la Femme. Feminist Critique / Feminist Text, en Diacritics, 12, 2 (1982); L’écriture féminine, en Contemporary Literature, 24, 2 (1983); Marx after Derrida, en M.P. Mohanty (ed.), Diacritics, 15, 4 (1985); New Historicismus, New Histories and Others, en New Literary History, 21, 3 (1990); M. Bakhtin and the Epistemology of Discourse, en Clive Thompson (ed.), Critical Studies, 2, 1-2 (1990); A Feminist Miscellany, en Diacritics, 21, 2-3 (1991); Cultural Studies. Crossing Boundaries, en Critical Studies, 3, 1 (1991); Female Discourse, en Mester, 20, 2 (1991); Writing Cultural Criticism, en South Atlantic Quarterly, 91, 1 (1992); Loci of enunciation, en W.D. Mignolo (de.), Poetics Today, 16, 1 (1995); Feminist Theory and Practice, en Signs, 21, 4 (1996).
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vestigación histórica queda visiblemente implicada en una historia política de los hechos culturales, en la medida en que esta última se refiere y se relaciona con un conjunto muy amplio de sistemas de poder que guardan con los textos y discursos literarios una relación de implicación o dependencia mutua. Buena parte de estos planteamientos metodológicos e ideológicos son compartidos por los llamados Cultural Studies, denominación que ha alcanzado una fuerza muy notable en las universidades norteamericanas, y que identifica a un conjunto de investigadores que muestran una marcada influencia de las posiciones marxistas del materialismo cultural, muy en la línea de Raymond Williams y de los estudios culturales del Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies. Subrayar estas conexiones parece importante desde el momento en que tales afinidades permiten percibir algunas de las líneas fundamentales de la actual encrucijada teórica. Ha de insistirse, en este punto, en la discusión sobre el concepto de literatura —especialmente en la definición de sus límites respecto a otras formas de discurso, estéticas o convencionales, y en general respecto a las diversas prácticas culturales—, que tienden a considerar como un vasto discurso, desde el que el receptor es conducido a una textualización generalizada de la cultura. El rechazo del idealismo estético en favor de una concepción del arte y la literatura como práctica social, constituye otra de sus notas más destacadas. Por otro lado, los representantes de la tendencia de los Cultural Studies confieren al acto y discurso interpretativos una actitud marcada de oposición y responsabilidad política, con una visible voluntad de intervención institucional, y un declarado énfasis en la posición teórica, crítica y cultural en que se sitúan. A todos estos aspectos hay que añadir la inquietud exigida desde las llamadas perspectivas marginales, de índole social, colonial, racial, sexual... En este contexto debe considerarse la problemática planteada desde la teoría y la crítica literaria feminista, que algunos autores entienden como una de las múltiples manifestaciones de los Cultural Studies. De un modo u otro, ha de reconocerse su complejidad, así como la diversidad de su desarrollo, vinculado en unos casos al psicoanálisis lacaniano (Irigay), a la deconstrucción (Cixous, Spivak), e incluso a la hermenéutica y la semiología, en pugna por la revisión canónica de la literatura. Precisamente en el contexto de esta revisión del canon pueden inscribirse las últimas consideraciones de H. Bloom, en la más segura línea del constructivismo, al reivindicar, frente a las ideologías marginales que tratan de determinar el estudio del fenómeno literario desde criterios marginales, y socialmente comprometidos, la recuperación de los clásicos en el más puro sentido de la tradición: “La originalidad se convierte en el equivalente literario de términos como empresa individual, confianza en uno mismo y competencia, que no alegran los corazones de feministas, afrocentristas, marxistas, neohistoricistas inspirados por Foucault o deconstructivistas; de todos aquellos, en suma, que he descrito como miembros de la Escuela del Resentimiento [...]. El estudio de la literatura, por mucho que alguien lo dirija, no salvará a nadie, no más de lo que mejorará la sociedad [...]. Estamos destruyendo todos los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades y las ciencias sociales en hombre de la justicia social” (H. Bloom, 1994/1996: 30 y 37).

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Epistemologia Constructivista

...Aportaciones constructivistas de la Física. 1.3 Aportaciones constructivistas de la Biología. 1.4 Aportaciones constructivas de la Cibernética. 1.5 Aportaciones constructivistas de la Psicología. 1.6. Rasgos Distintivos de la Psicoterapia Constructivista • 1.1. Antecedentes filosóficos: – Los predecesores del constructivismo están en Vico, Kant y la Fenomenología quienes ya postulaban la naturaleza constructiva de la experiencia y el papel de la conciencia en la captación de la realidad. ¿Qué hay de nuevo en el constructivismo? Lo más característico del fenómeno que presentamos como epistemología constructivista es precisamente esta confluencia entre teóricos de distintas ciencias en señalar el papel crucial del proceso mismo de la observación en la comprensión de lo realizado. • 1.1. Antecedentes filosóficos. – Si se parte de que el sujeto influye en su observación de la naturaleza, cuando aquello que se observa es otro sujeto, los procesos cognoscitivos de ambos se efectúan mutuamente de forma continua y recursiva. Y ello no es distinto en la relación terapéutica. • 1.1. Antecedentes filosóficos: El constructivismos se presenta, como una tesis epistemológica y psicológica a la vez, que se preocupa de responder a la doble pregunta de cómo conocemos y cómo llegamos a conocer (Maturana 1970). La cuestión criteriológica, pues, se desplaza del ser al conocer y de la verdad a la verosimilitud. Descartes postuló la exactitud de la percepción. Solo hay...

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EstadíStica Activty 2

...| Nombre del curso: Estadísticas y pronóstico para la toma de decisiones | Nombre del profesor: | Módulo: 1. | Actividad: Ejercicio 1 | Fecha: | Bibliografía:Hanke. J. E. y Wichern. D. W. (2010). Pronósticos en los negocios (9ª ed.).México: Pearson. | Objetivo del ejercicio: Utilizar la probabilidad, con el fin de cuantificar la incertidumbre de los datos obtenidos. Descripción del ejercicio: A través del cálculo de probabilidades, el alumno comprenderá los principios de cuantificación de incertidumbre, que serán útiles en las pruebas de hipótesis. Requerimientos para el ejercicio: Calculadora de bolsillo y computadora Procedimiento y resultado 1. Describe brevemente cuál es el papel de la probabilidad en la estadística. La probabilidad es la ciencia de la incertidumbre y su objetivo es cuantificar la incertidumbre. 2. Durante una reciente promoción, un banco ofrece hipotecas de 1, 2 y 3 con un interés reducido. Los clientes también pueden elegir entre las hipotecas abiertas y cerradas. Supón que 300 solicitudes de hipotecas y que el número de hipotecas de cada tipo son como se presentan en la siguiente tabla. El gerente selecciona una solicitud de hipoteca al azar, y los eventos relevantes se definen como sigue. L: la solicitud es por una hipoteca de 1 año 0.3733 M: la solicitud es por una hipoteca de 2 años 0.28 S: la solicitud es por una hipoteca de 3 años 0.3466 C: la solicitud es de una hipoteca cerrada 0.4266 3. En parejas...

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Cadena Critica

...REPORTE CADENA CRITICA ELIYAHU M. GOLDRATT “La incertidumbre existente en todo proyecto es la principal causa subyacente de la mayoría de los problemas”. (Goldratt) Es un libro que empalma diferentes escenarios, a través del cual se presentan discusiones sobre la gestión de proyectos, la gran cantidad de ejemplos y analogías ayudan a entender con mayor claridad la aplicación de las teorías. La historia principal de Cadena Critica es sobre un profesor que esta tratando de triunfar en el mundo académico, siendo profesor de la escuela de negocios de una institución. Se desarrolla la historia en torno a la búsqueda y aplicación de nuevos conceptos de gestión para hacer eficiente la administración de los proyectos. Rich constantemente investiga y desarrolla ideas que posteriormente plasma en artículos relacionados a los problemas comunes en proyectos. Así mismo, Rich está tratando de convertirse en profesor titular. Mientras que la escuela de negocios se enfrenta al reto de aumentar y mejorar su matrícula. Goldratt entrelaza algunas historias para definir su objetivo y plantear la aplicación de la Teoría de las Restricciones (TOC) en la administración de proyectos. El autor supone que los sistemas educativos deben cambiar para adaptarse mejor al acelerado cambio en el mundo de los negocios. Algunos personajes secundarios son los alumnos de Rich, sus colegas y personal de una empresa llamada “genemodem”. Para esta empresa menciona a Daniel Pullman (Presidente...

Words: 1580 - Pages: 7

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Reglas de Conteo

...Reglas de Conteo Introducción: En la teoría de probabilidad debemos conocer el conjunto de todos los posibles resultados básicos de un experimento o proceso generador de resultados, incluyendo sus características y frecuencias absolutas o número de veces que se encuentra cada resultado básico en ese conjunto. Ese conjunto se conoce como el espacio muestral o población y cada resultado básico constituye un punto muestral de ese conjunto. Por ejemplo, el proceso generador de tirar un dado tiene seis posibles resultados básicos: un hoyito, dos hoyitos, tres hoyitos, cuatro hoyitos, cinco hoyitos y seis hoyitos. Esos seis resultados básicos constituyen el conjunto conocido como el espacio muestral y es un espacio sencillo y fácil de enumerar. Otro ejemplo sencillo y fácil de enumerar es la tirada de una moneda cuyos posibles resultados son solo dos: cara o cruz. Sin embargo, hay situaciones en que enumerar y contar los resultados básicos de ciertos experimentos resultan complicados. Por ejemplo, tirar seis dados y cuatro monedas simultáneamente daría un total de 746,496 de resultados básicos los que requeriría un gran esfuerzo enumerarlos todos. Además, no es fácil reconocer cómo se obtuvo la cifra de 746,496. Otros posibles casos difíciles son: extraer cinco cartas al azar de un juego de cartas americanas, que te distribuyan un as y una carta de cara en un juego de “blackjack”, obtener cinco dobles en una mano de siete dominós, que al escoger cinco firmas de un total...

Words: 1482 - Pages: 6

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Teoria de Cuerdas

...Teoría de cuerdas La Teoría de Cuerdas segura que todo en nuestro universo, desde la partícula más pequeña a la estrella más lejana, está compuesto por un solo ingrediente unos minúsculos hilos de energía llamados cuerda. Albert Einstein (1879-1855), uno de los científicos más importantes de la física contemporánea, nos abrió los ojos hacia una pequeña parte del universo, nos heredó la teoría de la relatividad, pero el trataba de descifrar una nueva teoría, una que describiera cada partícula del universo, una teoría del todo. Isaac Newton (1642-1727), comparte con Gottfried Leibniz el crédito por el desarrollo del cálculo integral y diferencial, que utilizó para formular sus leyes de la física. También contribuyó en otras áreas de la matemática, desarrollando el teorema del binomio y las fórmulas de Newton-Cotes. En 1687 publico una obra llamada “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”, en la cual describe la ley de la gravitación universal. Newton afirmaba que gravedad actuaba instantáneamente a cualquier distancia, de modo que sentiríamos los efectos de la destrucción del sol de manera instantánea. Pero Einstein encontró un gran problema en la teoría de Newton, un fallo que se descubría al analizar las características de la luz, Einstein sabía que la luz no viaja instantáneamente, de hecho los rayos solares tardan 8 minutos de recorrer los 150 millones de kilómetros que hay hasta la tierra y se había demostrado que nada ni siquiera la gravedad viaja más rápido...

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Who I Am?

... 15 pasos para la elaboración de un ensayo argumentativo: 1) Investiga y resume los argumentos existentes sobre el tema a debatir. * Yo soy un ser humano * Yo soy hondureño * Yo soy un creyente * Yo soy dinámico * Yo soy sincero * Yo soy una creación divina * Yo soy inteligente * Yo soy analítico * Yo soy extrovertido * Yo soy ambicioso * Yo soy trabajador * Yo soy responsable * Yo soy hombre * Yo soy pensativo * Yo soy latino * Yo soy un hijo * Yo soy un hermano * Yo soy un joven * Yo soy único * Yo soy un ser en proceso de perfección * Yo soy cuerpo * Yo soy alma * Yo soy espíritu * Yo soy una vida * Yo soy real * Yo soy una realidad * Yo soy visionario * Yo soy terrestre * Yo soy familia * Yo soy parte del Universo * Yo soy un propósito * Yo soy una razón * Yo soy Nery Samuel Murillo * Yo soy Yo 2) Anota todas las razones a favor y en contra que puedas encontrar. Razones a favor: * A diferencia de los animales, los cuales solo actúan por intuición, soy un ser único, creado a imagen y semejanza de Dios; capaz de actualizar la realidad constantemente utilizando mi inteligencia. Soy producto del soplo de vida del Todopoderoso, estando compuesto por mi cuerpo, mi alma y mi espíritu. * No soy un fenómeno de la evolución del mono u otro animal o cosa, puesto que soy un ser divino con la capacidad de inteligir, pensar...

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Teoria Del Caos

...La teoría del caos y su aplicación práctica en el ámbito de las organizaciones y la gestión. * La teoría del "caos" - base metodológica para la formación de sistemas de control adaptativo * Organizaciones inteligentes y autoorganizados - importante dirección para el Desarrollo Gerencial En la década de 1970, los científicos están comenzando a estudiar las manifestaciones caóticas en el mundo que nos rodea: la formación de las nubes, la turbulencia en las corrientes marinas, las fluctuaciones en las poblaciones de plantas y animales ... Los investigadores están buscando vínculos entre los diferentes patrones al azar en la naturaleza. Diez años más tarde, el concepto de "caos" dio el nombre a la disciplina en rápida expansión que convirtió toda la ciencia moderna. Se originó un lenguaje especial, los nuevos conceptos. Teoría del caos es un arma moderna y prometedora que se puede utilizar en áreas completamente diferentes En el mundo empresarial actual, que a menudo es impredecible e incontrolable, los mecanismos tradicionales de la "gestión científica" se vuelven improductivos. Ciencias de la gestión tradicional es menos que responda a los intereses prácticos de los directivos, como se centra en el análisis, predicción y gestión. En términos del ambiente de la impermanencia, una nueva ciencia de la gestión, centrándose en el caos, la complejidad y autoorganizacion. Hoy en día los científicos a crear métodos mediante los cuales los sistemas complejos pueden hacer frente...

Words: 1952 - Pages: 8

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Formaulacion de Hipotesis

...LECTURA 1 Casualidad, inspiración y descubrimientos científicos El lado subjetivo de la Ciencia Antonio García Carmona Este artículo destaca la importancia de algunos aspectos subjetivos, como la casualidad o la inspiración de los científicos, en la construcción y desarrollo de la Ciencia. Expone, al respecto, algunos de los descubrimientos científicos más relevantes de la historia de la Ciencia, que vieron la luz por pura casualidad o gracias a la gran creatividad de los científicos. "Es más importante tener belleza en nuestras ecuaciones que hacer que cuadren con el experimento" Paul Dirac. Bien es sabido que el trabajo científico se caracteriza por un meticuloso proceso formal, denominado método científico, en el que se establece con antelación, y de forma explícita, lo que se desea estudiar, así como los resultados que se esperan obtener. Sin embargo, no son pocos los descubrimientos científicos que, a lo largo de la historia, han surgido de manera fortuita o inesperada. En efecto, si hacemos un análisis histórico del desarrollo científico, observamos que su evolución ha estado -y, por supuesto, sigue estándolo- cargado de connotaciones subjetivas (circunstancias sociales de cada época, situación anímica y psicológica de los científicos, el azar, etc.), que han influido de manera decisiva en su construcción. Un buen ejemplo lo constituye el descubrimiento de la radiactividad. En 1896, el físico francés Henry Becquerel observó que una placa fotográfica envuelta...

Words: 1976 - Pages: 8